En medio de
una época de demencia de devastación del medio
ambiente, a través de los incendios provocados,
como requisito indispensable para que la locura
de la construcción siga su ritmo imparable ante
la ridículas sanciones de nuestro débil y
patético código penal para regocijo de
terroristas de todo tipo (incluidos los medio
ambientales) y delincuentes en general. Casi da
miedo dar a conocer parajes naturales que son
una auténtica joya, no obstante, “Las Angosturas
del Guadalmina” son ya hoy muy conocidas y el
acceso a su comienzo ubicado en “El Charco de
Las Mozas” junto a la carretera, demasiado
accesible, para que los cerdos y los indeseables
de siempre no dejen de arrojar sus basuras o
garabatear las rocas con grafities.
Afortunadamente, en esta ocasión tan sólo nos
encontramos los inevitables grafities en dicho
lugar.
Hay
ocasiones en las que el destino te proporcionan
compañeros de aventuras que tan sólo podrían
coincidir en las imágenes oníricas de un extraño
sueño, y allí estaba yo, como en un sueño, en
pleno medio día, a la hora a la que suelen
finalizar las rutas o comenzar el camino de
regreso, empezábamos a caminar mi sobrino
Alberto (con quien muy pocas veces suelo
coincidir), su novia Sofía y grandes amigos como
“El Serpa” Carmona, “El Huevo” y “Waldo”, todos
habían venido expresamente desde Sevilla, a
excepción de Waldo, que una vez mas se había
desplazado el día antes desde Madrid para estar
allí en ese momento, colocando una piedra más en
ese monumento a la amistad que él construye a
cada paso que da.


Tras la
tradicional sesión de saltos en el “Charco de
Las Mozas” para tomar contacto con el agua,
iniciamos el descenso, salvando un destrepe de
mas de 5 m.que afortunadamente retiene a la
mayoría de personas que visitan este paraje,
puesto que difícilmente hay vuelta atrás y aún
quedan pasos de mayor dificultad hasta el final
a modo de “Jincana” gigante, concretamente de
1,5 km. que miden aprox. Las Angosturas.
Si bien es
cierto que de todo el año, los meses de verano,
son los menos recomendables para hacer esta
ruta, por el poco agua que lleva el río, debido
a la gran cantidad de caudal que se le roba,
para las distintas acequias de Benahavis y sobre
todo para regar los campos de golf, que amenazan
con deteriorar peligrosamente su cuenca. Aún así
es tan generoso el caudal del río Guadalmina y
de sus pequeños “tributarios” aguas arriba, que
lleva agua todo el año. Y aunque en menor
medida, no tardamos en disfrutar de las
distintas pozas que nos fuimos encontrando a lo
largo de la ruta, entre las encajonadas paredes
rocosas, que en tan gran medida aportan
auténtica magia al lugar. Una magia que se ve
acentuada cuando comienzan los primeros tramos
de nado entre angostas paredes de mármol.


Sin duda
alguna el lugar emblemático por antonomasia en
esta ruta lo forman las mismas paredes de “Las
Angosturas” en el lugar donde se llegan a juntar
tanto que ya no podemos ver el cielo, es este el
lugar conocido como “la cueva” que si bien no es
exactamente una cueva, te transmite las mismas
sensaciones, con su prolongada oscuridad a lo
largoi de sus aprox. 50 m. nadando por frías y
oscuras aguas entre numerosas estalactitas
estalactitas desde las que no dejan de caer
gotas, con el sonido correspondiente, haciendo
eco entre las paredes junto a las que vamos
nadando, donde de vez en cuando vemos extrañas
plantas acuáticas que unidas al musgo propio de
lugares humedos te hace sentir en un lugar
verdaderamente mágico.


A la salida
de “la cueva” no se tarda en llegar al la
resbalosa poza de las ranas y mas adelante a “la
presa” donde una empresa de “turismo de
aventuras” tiene instalado un cable de acero
para la práctica de “la tirolina”. Sin embargo,
normalmente, casi siempre nos encontramos una
cuerda fuertemente atada para facilitarnos el
descenso por la presa, donde nuestra amiga
“Sofía” vivió uno de los momentos de mayor
vértigo y tensión de toda su vida.


Una vez
superado el paso de la presa, donde a mas de uno
se le pusieron las orejillas de punta, retomamos
el descenso, para adentrarnos en el tramo final,
donde una vieja tubería, nos anuncia la
proximidad al final, regalándonos uno de los
mayores tramos de nado de toda la ruta, que
atesora un mágico rincón en una zona umbría,
desde la que cuelgan por una pared, unos
helechos a través de los cuales cae a la misma
superficie del río, una pequeña cantidad de
agua, a modo de regadera, que si nos colocamos
debajo nos proporcionan un relajante masaje. De
ahí al final sólo queda el último recodo de las
angosturas, donde ya se abren definitivamente a
un lugar que en su día era un pequeño embalse,
aprovechando el ensanche del cauce y que se ha
degradado totalmente, para dar paso a la
imparable construcción de urbanizaciones y
campos de golf que invaden la cuenca baja del
Guadalmina, y que incluso han absorbido y
destrozado la perfecta armonía que formaban las
casas de Benahabis hasta finales de 2002,
quedando totalmente engullida por la voracidad
sin límites de los ayuntamientos de la zona, que
no dudan en pactar con el diablo a cambio de
obtener la mayor cantidad de dinero en el menor
tiempo posible.

Cuando
llegamos al final, siempre tenemos la opción de
retomar la carretera que en todo momento
transita paralela a las angosturas y que nos
lleva de regreso a Benahavis en poco mas de 10
minutos, que fue la opción que escogieron
Alberto y Sofía, pero si las fuerzas acompañan
existe la opción de remontar un desnivel de unos
50 m. por una senda de cabras en la orilla
contraria a la dela carretera (es decir: la
izquierda en el sentido descendente del río),
por donde transita una acequia casi centenaria,
que en su día tuvo que ser una obra faraónica.
Aunque no se tarda mas de 10 minutos en llegar a
la misma, hay que echarle muchas ganas y
voluntad para remontar unos tramos resbaladizos
con fuerte pendiente y casi campo través dada la
precariedad de la senda y si no, que se lo
pregunten a “Waldo” y “Huevi” que no tardaron en
perder la fe por conquistar la famosa acequia.
Sin embargo, cuando por fín llegamos, todo el
esfuerzo quedó recompensado, ya que una en la
misma, es muy fácil de transitar y sin ningún
tipo de peligro, tanto por dentro de su interior
caminando por el agua, o por el ancho borde de
la misma, paseo muy gratificante y refrescante,
tanto por el constante chapoteo del agua, como
por el auténtico vergel que existe a su
alrededor, destacando gran números de especies
de rivera, como los juncos, las adelfas, los
helechos, las higueras silvestres, y también
abundantes palmitos, intercalados con algún que
otro alcornoque, pino o encina que nos
proporcionan sombra la mayor parte del trayecto.

Y con las
caras de sorpresa y satisfacción por parte de
quienes hacen por primera vez esta bonita y muy
agradecida ruta, me despedí de mis amigos, con
el convencimiento compartido, de que rara vez
encontraremos un lugar donde en menos de un
kilómetro y medio, podamos disfrutar de tan
variadas sensaciones. La pregunta es: ¿Hasta
cuando podremos seguir disfrutando de Las
Angosturas del Guadalmina?
Crónica y
fotos: Juan Ignacio Amador