Precioso paseo de poco mas de 5 km.
que nos brinda la posibilidad de
disfrutar de preciosas playas de
fina arena blanca y aguas azul
turquesa, intercalándose con
pequeños acantilados que de vez en
cuando nos obligan a realizar
algunos tramos por los pinares del
interior y que en una futura ocasión
plantearemos como ruta circular de
unos 10 km. valiéndonos para ello
del sendero oficial de 4,2 km. que
comunica el Faro Camarinal con
Bolonia por el interior pasando
cerca de la cueva de Ranchiles, al
norte del arroyo del Cañuelo.
Pero la ruta se
planteó desde un principio como
familiar, razón por la cual
Fernando y Ana
(organizadores
de la ruta) venían con su hijo
Dani que ese día celebraba su 4º
cumpleaños, acompañado de su primo
Juanma. Mientras que “Mariluz Pies
de Gato” venía con sus hijos
Antonio y Lucía, a los que nos
unimos: Santa Claus Per Johan,
Sean El Canadiense Errante y el
Comandante. De manera que una vez
reunidos en el parking de la Playa
de Bolonia, confirmadas las bajas
de última hora y sin recibir
ninguna llamada de aviso de
llegada (con retraso), dejamos dos
coches en Bolonia y nos fuimos con
los otros dos para comenzar desde
las cercanías del Faro Camarinal,
teniendo que desandar los 5 km.
aprox. desde Bolonia hasta la
N-340, para tomar dirección Vejer,
volverse a desviar hacia Zahara de
los Atunes, atravesando todo el
pueblo siguiendo las indicaciones
del Hotel y urbanización
Atlanterra, hasta llegar por fin a
las cercanías del Faro Camarinal,
demasiado rodeo, especialmente a
la hora de volver a por los
coches, una vez finalizada la
ruta.
En
cualquier caso, el día prometía y
las sensaciones eran muy buenas, a
pesar de que el cielo se había ido
llenando de nubes conforme nos
acercábamos al Estrecho, después
de haber dejado atrás la provincia
de Málaga bajo un cielo azul
radiante, curiosamente el fenómeno
se iría invirtiendo a lo largo de
la jornada. Una deliciosa brisa de
levante que estuvo soplando
durante todo el día, nos hizo muy
llevadera la subida desde donde
habíamos dejado los coches hasta
la parte alta del “Cabo de Gracia”
donde se encuentra situado el
“Faro Camarinal” con magníficas
vistas de la costa, si bien es
cierto que la nubosidad litoral
provocó una especie de calima a lo
largo del día que a penas nos
permitió disfrutar de las vistas
hacia el otro lado del Estrecho,
lo que no dejamos de ver en todo
el día fueron patrulleras de la
Guardia Civil y salvamento
marítimo trabajando conjuntamente
con un buque de rastreo, apoyados
por un avión para intentar
localizar los cuerpos de los
marineros desaparecidos días antes
tras el hundimiento del “Nuevo
Aurora Pepita” que tras un
tremendo golpe de mar quedó
completamente boca abajo, con la
quilla cara al sol. Último apunte
en la larga lista de naufragios en
las bravas aguas del Estrecho, que
junto con la “Costa de la Muerte”
(en La Coruña) es el lugar donde
la fuerza del mar actúa con mayor
virulencia cuando hay temporal.
Tras
disfrutar de las vistas comenzamos
el descenso hacia la playa que se
encuentra debajo del faro
disfrutando de una vista preciosa
con el magnífico manto verde de
pinos que se extendía delante
nuestra hacia la “Sierra de la
Plata” al nordeste en contraste
con el blanco de la arena de de la
playa hacia la que íbamos bajando,
mientras nos recreábamos en las
distintas tonalidades de azul,
celeste y turquesa de las aguas,
al tiempo que los primeros
mensajes de “wellcome to Morocco
Telecom y Meditel” quedaban
reflejados en el móvil.
Al final de esta
primera playa y siempre avanzando
en dirección a Bolonia, nos
encontramos con unos pequeños
acantilados que nos obligaron a
caminar un poquito hacia el
interior, intentando en todo
momento no alejarnos de la orilla,
de manera que en pocos minutos nos
adentramos en un pinar que nos
llevó
directamente al área militar de
“Punta Camarinal” que intentamos
esquivar volviéndonos a acercar a
los acantilados por donde tampoco
era factible el paso, lo cual nos
obligaba o bien a rodear todo el
área militar o bien a saltarnos la
valla de “estrangis” esperando que
hicieran la vista gorda si alguien
nos veía. Y como el que no quiere
la cosa pasamos casi de puntillas
junto a lo que parecían bunquers y
obsoletas baterías de cañones que
apuntaban hacia la costa, hasta
que llegamos a las cercanías de un
puesto de vigilancia donde se
encontraban dos soldados
observándonos con total
indiferencia, no obstante, por si
las
moscas y aprovechando que la zona
de acantilados daba paso a un
tramo del litoral relativamente
llanito, aunque siempre rocoso,
abandonamos el recinto por una
pequeña abertura en la valla y
seguimos caminando entre el agua y
la alambrada, aprovechando la
bajada de la marea. Tan pronto
como los pequeños solicitaron
parar para comer y teniendo en
cuenta que ya era una hora
prudencial, nos detuvimos para
hacer el almuerzo junto a los
restos de una pequeña embarcación
que sería la primera de varias que
veríamos hasta llegar a Bolonia,
desde callucos, hasta pequeñas
embarcaciones de pesca y hasta un
velero recientemente estampado
contra un acantilado a juzgar por
el buen estado de su casco,
como bien dijo Per Johan el fin de
un sueño, aunque nada en
comparación con el auténtico drama
de las pateras, cuyos restos nos
íbamos encontrando aquí y allá .
Tal y como íbamos
terminando de almorzar nos fuimos
acercando a la orilla para
explorar las pequeñas bañeras que
se forman en el fondo de los
erosionados arrecifes con la
bajada de la marea, a modo de
pequeños ecosistemas con multitud
de conchas por todas partes y
pequeños crustáceos que hicieron
las delicias de pequeños y mayores
en aquellas aguas absolutamente
cristalinas con un intenso olor a
mar, que nada tiene que ver con el
Mediterráneo cada vez mas muerto y
castigado. Antes de darnos cuenta
dejamos definitivamente atrás la
valla del recinto militar y nos
adentramos en una zona de pequeños
acantilados con algún que otro
paso de trepada o destrepe,
atravesando incluso una pequeña
cantera que en un principio
creímos se trataba de un
desprendimiento por la acción
erosiva del mar en días de
temporal con mar de fondo. Por la
línea de acantilados nos fuimos
asomando en numerosas ocasiones a
impresionantes balconadas con el
mar a nuestros pies, mientras nos
acercábamos a cada paso a la
inconfundible silueta de “Los
Riscos de Bolonia” y su idílica
playa hasta que por fin la pudimos
contemplar ya muy cercana a un
kilómetro escaso desde el mismo
lugar donde me encontré un fardo
de “hachís” parcialmente vacío.
Poco después, llegábamos a un
tramo de la senda que se dirigía
ya sin perdida hasta la misma
playa de Bolonia recortando el
borde de los acantilados.

Pero
para hacerlo mas bonito decidimos
adentrarnos en pleno pinar para
llegar directamente a la zona alta
de la duna, desde que nos
sumergimos en el pinar, mil sendas
aparecían y desaparecer poco
después entre tupidos tramos de
matorral que daban paso de forma
intermitente a pequeñas placitas
junto a los troncos de los pinos
encontrándonos con innumerables
restos de ropa, zapatos, envases y
objetos varios abandonados en
plena persecución de las patrullas
costeras tras los desembarcos de
las pateras. Llegó un momento en
que a pesar de que sabíamos que
estábamos muy cerca de la gran
duna, la tupida vegetación de
matorral hacía imposible continuar
por donde queríamos y fue
precisamente en aquel instante
cuando Fernando, Duque de Juanar,
se puso el cuchillo entre los
dientes para realizar una
trepidante exploración que
encontró su recompensa a los pocos
minutos, resultando decisiva para
salir del mar de pinos en el que
estábamos inmersos justo donde los
primeros metros de duna empiezan a
enterrar lenta pero
inexorablemente cada uno de los
pinos que el gigante de arena se
va encontrando a su paso.
Resultaba
curioso comenzar a subir
trabajosamente por las empinadas
rampas de la duna hasta la misma
cresta, a la vez que el tupido
bosque de pinos que hacía unos
instantes habíamos tenido sobre
nuestra cabeza, pasaba a estar
cada vez mas por debajo de
nuestros pies, deleitándonos con
el impresionante contraste de luz
y color: de la umbría del bosque a
la deslumbrante luminosidad del
sol que se hacía especialmente
intensa en la superficie de la
duna por donde finísimas capas de
arena eran arrastradas
caprichosamente por el viento de
levante. El colorido era
impresionante por un lado: la
blancura de la arena, digna de
paradisíacas costas t
ropicales,
por otro el verde intenso de los
pinares, y como remate las
distintas tonalidades de azul, y
celeste del agua que
contemplábamos desde la zona alta
de la duna disfrutando de unas
vistas inmejorables de la
espectacular playa de Bolonia,
junto a las ruinas de Baelo
Claudia, que también visitamos,
vestigios de una época de
esplendor cuya sociedad contaba
con unos políticos infinitamente
mejores que los que hoy nos
gobiernan. Para finalizar con un
reconfortante baño, casi
terapéutico en tan cristalinas
aguas que supuso el colofón a esta
preciosa jornada por las playas
mas bonitas, no ya solo de España,
sino de Europa.
Crónica: Juan
Ignacio Amador