Un paraíso camuflado entre enclaves
de masificación turística: así
podríamos definir los acantilados de
Maro-Cerro Gordo. Parece mentira que
a tan poca distancia de Nerja,
Almuñecar y La Herradura, lugares
que desafortunadamente evocan
urbanización salvaje, masificación y
despersonalización del paisaje,
encontremos un remanso de paz donde
el tiempo se detiene, los sentidos
se exaltan y el azul infinito del
Mediterráneo nos inunda con la mayor
pureza.
A las 11 de la mañana del sábado 6
de septiembre, nos dimos cita en el
aparcamiento que da acceso a la
playa del Cañuelo: Rocío Sáez y
Juan Pérez (los más risueños de la
costa malagueña), Angus y Paco (la
pareja super feliz), Vicky y Juan
Mena (los gourmets del helado
artesano), Gabriel y Ana Mª (recién
llegados del Coronil, corazón de la
Sierra Sur de Sevilla), Inma de
Granada, Rosa (la Amazona de la
Sierra Morena cordobesa) y una
servidora, la Pimentonera de
Águilas.


Como el camino hacia la playa de
Cantarriján no estaba muy claro (y
yo no había conseguido cargar los
tracks que me pasaron en mi “hippyese”),
preguntamos a un paisano que había
conversando con el conductor del
vehículo que la Consejería de Medio
Ambiente utiliza para llevar a los
bañistas hasta la playa del Cañuelo.
El buen señor nos dijo que debíamos
coger el camino hacia esta playa, y
antes de una curva pronunciada,
coger una senda a la izquierda que
nos llevaba al Cortijo del Sobrao,
uno de los muchos cortijos en ruinas
de la zona, y desde allí, siguiendo
una vereda desdibujada por estar en
desuso, podíamos encontrar un camino
que nos llevaría hacia la playa de
Cantarriján.
Cuando íbamos a tomar este desvío
que nos dijo el señor, una pareja de
sevillanos con un niño muy pequeño y
valiente, se unió a nosotros. Dimos
alguna que otra vuelta alrededor del
Cortijo del Sobrao, hasta que
encontramos una vereda que nos
llevaba en dirección a la costa. El
sitio era de lo más solitario, a
pesar de estar relativamente cerca
del parking. Incluso vimos unas
cuantas cabras montesas que se
acercaban a beber a una balsa
cercana. Tras la parada y la foto de
grupo, con el incomparable marco de
la costa de Maro detrás, proseguimos
la marcha.


El verano había sido implacable con
la vegetación, que se mostraba
agreste y seca. De forma casi
irremediable, tuvimos que sortear
plantas con pinchos y un terreno
algo pedregoso, hasta que
encontramos un atisbo de vereda que
por la falda del cerro de
Cantarriján nos llevaba en dirección
a esta playa. Rocío, Paco y la
familia de Sevilla prefirieron
seguir en dirección a la costa, para
coger una senda mucho más marcada y
cómoda, que sería la que
utilizaríamos a la vuelta.
Aunque sin senda marcada, seguimos
cómodamente en dirección a un
collado a los pies del cerro de
Cantarriján. Desde el collado, la
cumbre la teníamos a tiro de piedra,
y Juan A. Mena, Gabriel y sobre todo
Paco “el tiburón de Maro”,
propusieron subir hasta ella. Las
féminas no terminamos de decidirnos,
y bien que nos arrepentimos luego,
porque estando tan cerca habría sido
una oportunidad fantástica divisar
tan magnífico paraje natural desde
la considerable altitud del Cerro.


Una vez superado el collado, fuimos
descendiendo por un pinar, ya con
vistas a la aún lejana playa de
Cantarriján, hasta que llegamos a
una senda, que en un corto zigzag
nos dejó en el sendero que
cogeríamos a la vuelta, por donde
venían Paco y Rocío tan contentos.
Todos juntos proseguimos la marcha
hacia la paradisíaca playa naturista
de Cantarriján, ya en la provincia
de Granada.
Era aproximadamente la una de la
tarde, y nos propusimos hacer una
breve y refrescante parada, tras la
cual iríamos a la playa del Cañuelo
para comer y echar un buen rato de
playa.
Pero tuvimos la debilidad de
meternos (algunos) en el
chiringuito, pedir unas cervecitas,
que estaban fresquísimas y
riquísimas, acompañadas de unas
buenas tapas (en Graná ponen tapa
con la cerveza), y tras la primera
cerveza cayó otra, y otra... ¡Qué le
vamos a hacer!. Somos débiles y la
tentación era muy fuerte. Mientras
tanto, el resto se habia hecho un
sitio en la zona menos naturista de
la playa, y se estaban dando un baño
de campeonato.


Al final decidimos quedarnos a
comer en Cantarriján, y continuar
después hacia el Cañuelo. La imagen
de un grupo de senderistas, con
botas, mochilas, bastones y demás
avíos, en medio de tanta desnudez,
era un poco surrealista, pero lo
pasamos pipa, sobre todo cuando
alguno de nosotros sacó una enorme
zanahoria de la mochila y comenzó a
comerla, suscitando entre el resto
un debate filosófico sobre si el
tamaño (de las zanahorias y demás
hortalizas) importaba o no. En fin,
no continúo porque deberíamos poner
varios rombos a la crónica, pero las
conversaciones en un lugar tan
naturista derivaron en ...
imaginaros el tema.
Una vez concluida la comida y el
baño de algunos, nos volvimos a
vestir (de senderistas, no penséis
mal), y tomamos el carril en
dirección al parking de la playa de
Cantarriján, a unos pocas decenas de
metros cogimos una vereda a la
iquierda, por la que habíamos bajado
antes, señalizada con blanco y rojo,
que bordea la costa, y nos dejaría
en el Cañuelo.
A mitad de camino tomamos un desvío
para visitar la torre de la Caleta,
una de las muchas torres vigía que
existen en estos parajes y en casi
toda la costa granadina. El mar
estaba un poco embravecido y el
oleaje daba una belleza especial a
los acantilados. Tras la visita a la
torre de la Caleta, proseguimos
bordeando acantilados sobre calas
inaccesibles hasta el extremo norte
de la playa del Cañuelo, a la que
bajamos por una senda muy empinada.


Nuestra intención era tomar un baño
relajado en la playa, pero había
mucho oleaje, así que la mayoría
decidimos ir directamente al
chiringuito a tomar un café. Allí
pasamos un buen rato, tomando café,
refrescos, algunos incluso se
bañaron en tan dilatada pausa... y
cuando el sol había bajado un poco,
con toda la serenidad del mundo, una
fuerte brisa de levante y la luz de
media tarde, emprendimos la subida
por el carril, en algunos tramos
semiasfaltado, que nos dejaría en el
lugar donde habíamos dejado los
coches.
Una bonita excursión que puso broche
de oro a las rutas acuáticas del
verano.
Crónica y fotos: Magdalena Mayor