Hay
lugares e incluso comarcas enteras
que parecen haber quedado condenadas
al olvido en ese cuadrante ubicado
en una página del mapa de
carreteras, sobre la que rara vez se
posan las miradas. Dado es el caso
del poniente sur granadino, donde el
viajero rara vez se adentra mas allá
de “Alhama de Granada”, nido de
águilas que encaramado a las
cornisas de sus tajos, deja
hipnotizado al viajero con la
belleza de su casco urbano,
impregnado por el peso de su
historia y la cal de sus blancas
fachadas, la luz de la campiña que
la rodea y el remanso de paz de su
famoso balneario. Pero muy cerquita
de allí se encuentra el “Embalse de
Los Bermejales” alimentado por los
arroyos que vierten sus cristalinas
aguas, procedentes de la ladera
norte de Sierra Almijara, tal es el
caso del Cacín, el Bacal (ó “Río
Grande de Jayena”) ó el Cebollón que
precisamente es el río que nos
disponíamos a recorrer en lo que a
la postre se convertiría en una
preciosa ruta acuática. Las
cristalinas aguas de estos preciosos
arroyos han favorecido la
fertilidad, en la zona sur del
embalse, originando un paisaje de
campiña donde se alternan campos de
almendros, con olivares, frutales,
hortalizas y cereales de la que
viven en gran medida los pueblos que
se asientan en esta privilegiada
comarca como son Arenas de Rey,
Jatar, Jayena ó Fornes, ubicados
todos ellos sobre suaves colinas,
que contrastan con los imponentes
colosos escarpados de Sierra Tejeda
y Almijara, donde se besan las
provincias de Málaga y Granada en un
entorno verdaderamente idílico y
espectacular, digno de ser “Morada
de Los Dioses…”Los Dioses de Las
Montañas”.
Reunidos
ya en el punto de encuentro el
reducido grupo de privilegiados que
tuvimos la fortuna de poder
escaparnos en aquella jornada
estival. Iniciamos el recorrido, aún
en coche, para adentrarnos por el
carril de la “Resinera de Fornes”
que perfectamente asentado, nos
lleva prácticamente recto, hasta el
coqueto “Centro de Visitantes de La
Resinera”, ubicado en el edificio
anexo a la capilla. Donde
disfrutamos con una modesta, pero
interesantísima galería de fotos del
parque, así como de sus magníficos
textos y esquemas didácticos para
ilustrarnos sobre el paisaje, la
flora, la fauna, la geología y la
forma de vida de sus habitantes.
Nada mas salir del centro de
visitantes, visita obligada a “La
Resinera” que para eso se encuentra
allí mismo, que hoy en día permanece
en pie, casi como un “castillo
fantasma”, vestigios de lo que fuera
una mini-ciudad, con colegio
incluido, en torno a la cual vivían
muchos de los habitantes de la zona,
hasta que un devastador incendio que
tuvo lugar en el verano de 1975,
arrasó mas de 5.000 hectáreas de
pinares, tejos, quejigos y hasta
algunas manchas de pinsapos, junto
con enormes extensiones de
auténticas joyas botánicas. Éste
hecho, unido a la obtención del
aguarrás por síntesis química, mucho
mas rentable que el tradicional
sistema de “resinación” significó el
final de una época en la comarca y
la ruina para muchas familias. Una
de las zonas que aún hoy permanecen
devastadas, casi de forma
apocalíptica, como si de el
mismísimo “Mordor” se tratara es el
tramo que va desde “El Cerro de La
Mota” al “Lucero” (ó “Raspón de Los
Moriscos”). Pero afortunadamente, la
Naturaleza obra milagros y en su
infinita generosidad, 30 años
después, la lluvia y sobre todo la
proliferación de los manantiales que
brotan de las entrañas de Sierra
Almijara, han dado lugar a la
formación de pequeños riachuelos y
arroyos en todas sus vertientes, que
mantienen una regularidad de caudal,
prácticamente inaudita en toda
Andalucía, tan solo comparable a
Cazorla. Donde proliferan estrechos
valles flanqueados por enormes
paredes, cahorros y cañones, donde
crecen grandes extensiones de
helechos e innumerables plantas
subtropicales y un sin fin de
especies de plantas de todas las
formas y colores, convirtiéndose
cada uno de sus itinerarios en un
auténtico vergel, donde cada rincón
del camino es una auténtica postal.
Así es Sierra Almijara, mi paraíso
natural.

Dada la elevada
temperatura que ya hacía desde
primeras horas de la mañana y con el
correspondiente margen de
flexibilidad que requiere cualquier
salida a la hora de planear una
ruta. Descartamos el plan que
teníamos previsto en un principio,
de subir a “La Mesa de Fornes” para
llegar hasta “Los Morros” y desde
allí iniciar el camino de regreso
por el “Cebollón”, que hubiera
supuesto una gran exposición al sol
del verano sin una sola sombra hasta
bajar al cauce del río, dejándolo
mejor, para la próxima primavera ó
comienzos de otoño. Y finalmente nos
decidimos por el “Plan B”
continuando con los coches hasta los
recónditos “Prados del Tito” a
través del laberinto de cruces y
vados tipo “Camel Trophic” para
desde allí remontar el “Río
Cebollón” hasta su nacimiento.

Preparados y
calzados para la inédita “Ruta del
Río Cebollón”, partimos de “Los
Llanos del Tito” atravesando la
chopera que nos lleva hasta su mismo
cauce, donde desde el principio
estamos obligados ya a caminar por
el agua, para pasar al otro lado,
atravesando una segunda chopera, por
la que nos abrimos paso a través de
un difuminado carril que se termina
confundiendo con un tramo muy
marcado que ha ido dejando el “ Río
Cebollón” como testimonio de sus
numerosas crecidas. Avanzando
placidamente en paralelo a su cauce,
que en esta primera parte del
recorrido siempre queda a nuestra
izquierda.
La
primera parte del río discurre
mansamente por una avenida recta
flanqueada de chopos que nos brindan
su sombra, pero no tardamos en
llegar a los pies de un espectacular
cañón, por cuyos pies vamos
caminando, comenzando a disfruta de
la espectacularidad del paisaje, sus
pequeños saltos de aguas y una
modesta represa por la que cae una
intermitente cortina de agua que con
generosos chorros nos deleitaría con
una magnífica sesión de masajes en
el camino de vuelta. Algo mas
adelante, el valle vuelve a abrirse,
mostrándose con una exhuberancia
casi paradisíaca que también se
refleja en las aguas turquesas de
las pozas junto a las que
caminábamos ó que de vez en cuando
atravesábamos para deleite de
“Chuky” y “Dana” los dos perros que
nos acompañaban. Pocos minutos
después, todavía casi frotándonos
los ojos ante tanta belleza, en la
cabeza del grupo divisábamos una
hembra de cabra montesa, que nada
mas oler a los perros emprendió la
fuga por una escarpada carrera,
segundos después “Chuky” se dio
cuenta y para asombro de todos,
fuimos testigos de una persecución,
como no habíamos visto desde los
famosos documentales de “Felix
Rodríguez De La Fuente” (que en paz
descanse). No os exagero, y tengo
como testigo a todos los compañeros
de ruta, que en menos de 30
segundos, Chuky supero una
escarpadísima ladera entre canchales
y espeso matorral que tan solo nos
permitían verlo de forma
intermitente, de mas de 100 m. de
desnivel. Llegó un momento, en que
ya no veíamos ni a “Chuky” ni a la
cabra, hasta que pasados ya unos
instantes en que el asombro se tornó
en preocupación, por fin, lo vimos,
como una diminuta mancha marrón,
moviéndose por encima de un lejano
farallón rocoso, por el que bajó de
forma inverosímil, plantándose ante
nosotros en menos de un minuto,
entre ladrido y ladrido, con el rabo
y las orejas levantadas, pegando
nuevas carreras que se fueron
repitiendo en varios tramos del
recorrido para asombro de nuestra
compañera debutante “Maribel”.

A
veces, subiendo, a veces bajando y
las menos llaneando por una senda
que se abre paso entre el
mar de helechos que
flanquea al “río Cebollón” durante
prácticamente todo su recorrido,
íbamos disfrutando con la sombra de
los pinos que también lo acompañan a
lo largo del recorrido y de las
numerosas florecillas silvestres que
alegraron nuestra vista a lo largo
del recorrido, especialmente a
nuestra queridísima amiga “Vicky La
Botánica”, una de las alumnas mas
aventajadas del “Gran Mago Gandalf”
que para satisfacción de un
servidor, terminaría agotando todos
los calificativos de su repertorio
para elogiar la belleza de tan
bonito, cómodo, relajado e inédito
recorrido.
Aunque
la senda es muy clara a lo largo del
recorrido, permaneciendo la mayor
parte del tiempo junto a río
Cebollón, a veces por la derecha, a
veces por la izquierda, según lo
permita la exhuberancia de su
vegetación ó lo escarpado de su
paredes en algunos tramos, el río es
tan dócil a lo largo de su
recorrido, que incluso cuando no es
necesario, invita a caminar por su
mismo cauce. Con esa sensación tan
agradable y relajante en los cálidos
días de verano, como era el caso y
atravesando pequeños bosques en
galerías, por los que iba
serpenteando el río, a veces por
angostos
tramos y otras por tramos mas
abiertos, llegamos hasta su
nacimiento formado por la
confluencia del “Arroyo de Las
Culebras” que aparecía como un
torrente seco, rodeando el “Cerro
del Duende” por el este y el
“Arroyo Monticana” que rodea el
“Cerro del Duende” por su vertiente
oeste, con su caudal de aguas
cantarinas intacto. Cierto es que
llegados a este punto, existe la
posibilidad de rodear el “Cerro del
Duende” realizando un tramo circular
que consiste remontar el “Arroyo de
Las Culebras” para regresar bajando
por el “Arroyo Monticana” (ó
viceversa), pero dado que habíamos
planteado la ruta en plan relax y
estando ya mas que satisfecho con
todo lo que llevábamos visto hasta
el momento. Tan sólo recorrimos un
tramos de unos 200 m. por una senda
que ascendía clara y directa hacia
“El Cerro del Duende” que llama
poderosamente la atención con su
peculiar cortafuegos, desde nos
hicimos la “foto bandera” para
señalar el punto hasta el que
habíamos llegado.
A
partir de aquí, ya solo quedaba
volver por donde habíamos venido.
Pero si el trayecto de ida lo
habíamos planteado de pateo
tranquilito, pero sin muchas pausas,
para avanzar remontando el río hasta
donde llegáramos. La vuelta la
planteamos para disfrutar
tranquilamente de los baños en las
aguas color turquesa de sus pozas,
disfrutando con los masajes de sus
modestos rápidos y mini cascadas.
Nada mas llegar a la primera,
disfrutamos de un almuerzo idílico,
tras el primer baño y la relajante
sensación de sentirte en un
auténtico paraíso. Para no faltar a
la tradición nuestro ínclito amigo
Rafael
Sancho, también conocido como “El
Capitán de Fragata” ó “El lirón
careto” disfruto d una mini siesta a
la sombra de los pinos, mientras
“Guillermina, La Astrónoma” nos
contaba anécdotas de los años que
estuvo trabajando en el “Roque de
Los Muchachos” (allá en la Isla de
La Palma). El camino de vuelta, se
convirtió en una placentera sesión
de baños intermitentes, que se
fueron repitiendo en cada una de las
pozas que nos íbamos encontrando,
siendo los mas memorables el
penúltimo en la “Poza Sorpresa” y el
último en “La Represa” que también
inmortalizamos con las banderas
donde “El Elfo de a malagueta”
estuvo haciendo un reportaje
espectacular. Desde allí, en poco
mas de 20 minutos ya estábamos de
regreso en “Los Prados del Tito”
donde llegábamos casi con pena de
que ya hubiera finalizado la ruta.
Y es que, aunque
cada ruta tenga su encanto, esta del
“Río Cebollón” que por su nombre
puede provocar la risa de quienes no
la conocen. Nos brinda la
posibilidad de disfrutar de un
paisaje espectacular y una cantidad
de matices difícilmente superables
en lo que a rutas acuáticas se
refiere. Y además, se trata de una
ruta, todavía, inédita para la gran
mayoría de senderistas en Andalucía.
Tanto es así que a lo largo de sus
10, 4 km (ida y vuelta), no sólo no
nos encontramos absolutamente a
nadie, siendo un sábado, sino, a
penas el mas mínimo indicio de
tránsito de excursionistas. En
definitiva, una ruta, casi
paradisíaca, en éste santuario
natural, que para mí ha sido, es y
siempre será mi queridísima y amada
Sierra Almijara.
Fotos y crónica: Juan
Ignacio Amador