Hay
montañas que por su estratégica
situación jamás deberían pasar
desapercibidas para el viajero
ávido de belleza paisajística, tal
es el caso de “La Concha”,
impresionante atalaya de La Costa
del Sol, que es a Marbella, lo que
Sierra Bermeja a Estepona, cada
montaña tiene su propia
personalidad, con su agreste
belleza., sus magníficas
panorámicas, su colorido cambiante
conforme el sol va girando sobre
ella, la espectacularidad de su
silueta, etc... Pero “La Concha”
resulta tan espectacular e
imponente, que casi nos atreveríamos
a llamarla: “El Olimpo de La Costa
del Sol”.
Aunque son varias las
distintas vías de acceso a su
cumbre, la mas tradicional es desde
el “Refugio de Juanar” al que
podemos llegar desde el interior por
Coín-Monda ó desde la costa subiendo
desde Marbella dirección Ojén, antes
de llegar a este pueblo subiendo
desde la costa, nos encontramos con
un mirador a pie de carretera, que
nos ofrece una preciosa postal del
pueblo de Ojén, magnífico ejemplo de
arquitectura popular de los pueblos
blancos que circundan el entorno del
parque natural Sierra de las Nieves
(Reserva de la Biosfera).
Diez
amigos nos dimos cita a la hora
prevista en un “Refugio de Juanar”
(820 m.), donde iba a tener lugar
“la fiesta del tostón” (día de la
castaña) que en aquella mañana
otoñal de jueves 1 de noviembre, día
de todos los santos. Si bien todavía
había poquitos coches y tan solo
algunas familias recolectando
castañas, en ese precioso castañar
que nos encontramos en la zona del
refugio, regalándonos una idílica
imagen de cromatismos otoñales en
plena eclosión, como regalo de
bienvenida a una ruta ya de por sí
alucinante, cuya belleza y
espectacularidad, no le tiene nada
que envidiar, ni a la famosa
crestería de “la Sierra del Pinar”,
(Grazalema), ni a ninguna otra que
hayamos conocido hasta la fecha.
Para iniciar la ruta,
de la mano de Fernando y Ana, “Los
Duques de Juanar”, que durante todo
el
recorrido demostraron conocerse sus
dominios al dedillo, echamos a andar
por el camino convencional de la
pista que asciende suavemente
dejando a la izquierda el “Cerro
Nicolás” (1.019 m.), para llevarnos
hasta la verja que marca el inicio
del olivar, por donde continúa
llaneando la pista, ya con la cumbre
de “La Cruz de Juanar” al frente,
hacia cuya base nos dirigimos con
los olivos a ambos lados del camino,
dejando poco después el cortijo de
Juanar a la derecha y continuando
unos 200 m. mas allá, en dirección
al “mirador de la cabra”, hasta que
a la derecha de la pista, nos
encontramos con una pequeña
plazoleta de pinos, de donde parte
una senda que rápidamente nos sitúa
en la falda de “La Cruz de Juanar” a
cuya cumbre llegamos en menos de una
hora, desde el inicio de ruta,
ascendiendo por cerrados zig-zags,
bajo un amenazante cielo de
tormenta, que con tenebrosas nubes
negras tuvo cubierta a la mayor
parte de la sierra durante toda la
mañana. Al llegar a la famosa cruz,
de donde toma el nombre esta bonita
montaña, nos encontramos con la
sorpresa de una bonita Virgen de
piedra, de unos 60 cm. Con el niño
Jesús en sus brazos. Confiriéndole a
esta cumbre una mayor connotación
religiosa, a la que de por sí ya
tenía. Quiera Dios, que el
vandalismo no dañe esta bonita
imagen, recientemente colocada en la
cumbre que no le hace ningún mal a
nadie.


Al igual que el año
anterior en la travesía “Marbella-Istán”,
la bajada de “La Cruz de Juanar” la
realizamos por su cara oeste, se
trata de un rápido descenso con
preciosas panorámicas montañeras al
comienzo, dejándonos en pocos
minutos en el “P.R. A-168” (Juanar-La
Concha), justo a la altura del
llanito donde acaba la ascensión por
el bosque de pinos y comienza la
suave pero pedregosa ascensión al
collado que nos lleva al comienzo
del “Salto del Lobo”. Donde
realizamos una nueva parada de
reagrupamiento, para recrearnos en
la otra vertiente de Sierra Blanca
con vistas al Valle del río Verde,
con el precioso pueblo de Están a
modo de oasis blanco, a los pies de
Sierra Parda y Palmitera mas allá,
todo ello en dirección oeste.
Una vez en este
collado, lo tradicional es seguir
por la senda marcada “PR. A-168” que
en los
próximos 300 m. nos lleva por una
vertiginosa cornisa a media falda de
“El Salto del Lobo”, sin embargo,
“Los Duques de Juanar” nos tenían
preparada una sorpresa, de tal modo
que abandonamos la senda por el lado
izquierdo (siempre hablando en el
sentido de la marcha), para
situarnos por una sendita secundaria
marcada por algunos hitos en la
mismísima cumbre de “El Salto del
Lobo” (1.143 m.) y a partir de ahí
un vertiginoso descenso por una
afiladísima crestería a lo largo de
un tramo de mas de 300 m. que nos
separaban del “PR. A-168”. A la
derecha una pared completamente
vertical cuyo final nos llevaría a
caer sobre la cornisa por la que
iban pasando algunos
excursionistas (en la versión
tradicional), a la izquierda un
terraplén de una pendiente
escalofriante con una pedrera
interminable y de frente un
escalonado paso de rocas, donde el
mínimo error hubiera provocado que
todos los compañeros que iban por
delante mía cayeran como fichas de
dominó. Sin embargo, la pericia de
los compañeros y la valentía de
“Chucky” me contagiaron y con la
ayuda de Juan Carlos y los ánimos
del resto de los compañeros, pude
bajar al filo de lo imposible,
volviendo a retomar en pocos minutos
el anhelado sendero. Al mirar para
atrás y contemplar por donde
habíamos bajado, casi no nos lo
terminábamos de creer, pero con el
subidón de adrenalina y la
satisfacción de haber subido un
nuevo escalafón en nuestro periplo
montañero reanudamos la marcha.
Una
vez retomada la senda tradicional el
siguiente hito del camino es el
“Cerro Lastonar” cuyo perfil aparece
frente a nosotros de forma cónica,
de manera que, justo cuando la senda
comienza a faldearlo, dejando la
cumbre a la derecha, nosotros
volvimos a abandonar la senda, para
atacar directamente a su cumbre a la
que se accede muy fácilmente, ya que
a pesar de lo pedregoso del terreno
y siendo el “Cerro Lastonar” (1.260
m.) el techo de Sierra Blanca, tanto
las rocas que lo rodean, como la
plataforma de su cumbre son muy
dóciles y podemos acceder al mismo
sin ninguna dificultad, empezando a
obtener las primeras vistas sobre
“El Pantano de la Concepción”
(oeste) y restos de la famosa
avioneta que se chocó al pié de la
pared oeste del Lastonar, justo a
nuestros pies, donde conviene
asomarse con precaución.
Tras la foto en el
rudimentario punto geodésico (típica
pirámide de peñascos), iniciamos el
descenso dirección sur, siguiendo la
línea de crestería, por una cómoda
plataforma con preciosas vistas
sobre la masificada costa, todavía
bajo negros nubarrones y con un
viento fresco, que ayudaba a mitigar
el esfuerzo de la caminata,
regresando nuevamente la senda
tradicional, justo donde empieza el
tramo final de su crestería. En este
punto, tenemos dos opciones: la
primera, siguiendo la senda que
salva los primeros tramos de
crestería por el margen derecho
(cara este) teniendo que atravesar
una corta
pero vertiginosa cornisa, que fue la
opción que escogimos en el camino de
vuelta. O bien, cogemos por el menos
marcado ramal de la derecha, cara
oeste, que aunque también tiene
algún paso aéreo, no resulta tan
peligroso como el anterior y que fue
la opción que escogimos a la ida,
para unos 200 n. después de rodear
el espolón, retomamos nuevamente la
senda “PR. A-168” iniciando el tramo
final de crestería en toda la
dimensión de la palabra, ya que la
mayor parte del tiempo caminamos por
la mismísima crestería o a muy pocos
metros de la misma con unas vistas
aéreas realmente espectaculares, no
aptas para personas que padezcan
vértigo, tanto por la sensación de
altitud, caminando a veces al filo
de cortados, como por lo agrio del
terreno, ya que es aquí donde el
proceso erosivo de karstificación ha
actuado con mayor virulencia, hasta
transformar algunas rocas en
auténticos cuchillos, si bien una
vez que llegamos a esa preciosa
terracita que es la cumbre de “La
Concha” (1.215 m.), el terreno es
dócil e invita a disfrutar de las
viandas. Tal y como hicimos los diez
compañeros de aventuras, disfrutando
de las magníficas vistas que desde
allí se pueden contemplar abarcando
casi la totalidad del litoral
malagueño: desde Tejeda y Almijara
al este hasta El Peñón de Gibraltar
al oeste, mientras el día comenzaba
a despejarse y como postre
disfrutábamos de unas magníficas
castañas que Fernando y Ana tuvieron
a bien ofrecer a sus invitados.
Para el camino de
vuelta fuimos en todo momento por la
senda tradicional “Juanar-La Concha”
(PR. A-168), pasando por los lugares
que habíamos dejado atrás en nuestro
cresteo de ida, es decir: La
cornisa
posterior al Lastonar, y su faldeo
por la cara este, la temible cornisa
del “Salto del Lobo” y la bajada por
el bosque de pinos con vistas a “La
Fulaneja”, pasando por el famoso
cruce de sendas. Hasta que justo
antes de llegar al “cortijo de
Juanar” ya entre los olivos, y por
la pista que a poco que llueva,
siempre está encharcada, tomamos un
ramal a la izquierda, que siendo
paralelo al camino tradicional del
olivar, se acerca bastante a la
prolongación del bosque de pinos al
que nos devuelve, pasando junto a
unas curiosas rocas redondeadas,
donde se encuentra la famosa figura
del “hipopótamo”, para poco después
llegar al bosque de castaños, donde
se encuentra el Refugio de Juanar.
Al que llegamos caminando sobre la
alfombra de hojarascas con las
tonalidades otoñales que nos habían
recibido al comienzo del día y donde
nos despedimos tras el tradicional:
café, colacao, cervecita y hasta un
te que “uno” se pidió en nuestra
tertulia “post-ruta” en el refugio.
Crónica y fotos:
Juan Ignacio Amador