Con las primeras luces del día,
avanzábamos hacia la Axarquía, con
el sol a nuestra derecha,
asomándose sobre las azules aguas
del Mediterráneo, bajo un cielo
con algunos filas de nubes, que
parecían haberse quedado
encalladas en las altas cumbres de
la sierras Tejeda y Almijara,
formando un bonito contraste de
luces y sombra para lo que
prometía ser una jornada
memorable. Dejando la costa a
nuestra espalda, fuimos ganando
altura, conforme nos adentrábamos
en ese maravilloso oasis de paz y
quietud que es la comarca de la
Axarquía, salpicada de preciosos
pueblos blancos con sabor mudéjar,
donde el tiempo parece haberse
detenido, pueblos estratégicamente
asentados en perfecta armonía con
el entorno, sobre las laderas sur,
de Tejeda y Almijara a modo de
balcones con vistas al
Mediterráneo. Puntuales a la cita,
fuimos llegando al punto de
encuentro, ubicado en esta ocasión
en el “Mirador de la Venta de
Palma” carismático lugar, donde el
taller escuela de Cómpeta ha
querido rendir tributo a Gaudí, en
pleno corazón de la Axarquía. Tras
la foto de rigor y poniendo los
cuentakilómetros a cero, tomamos
la pista que parte desde allí
mismo para adentrarnos en Sierra
Almiajara. Al poco de comenzar
llegamos a un cruce, donde hay que
girar a la izquierda (siempre
subiendo), tomando como referencia
la “Casa de la Mina”, para ir
ganando altura por un carril
terrizo perfectamente asentado,
desde donde las vistas sobre las
imponentes montañas que flanquean
la cuenca del río Higuerón son
sencillamente impresionantes,
hasta el punto que en un momento
dado, paramos para sacar unas
fotos. (“¡Mira Sancho, que lo
importante no es la posada, sino
el Camino!”). Justo a los 6 km.
del comienzo llegamos a “La Casa
de la Mina” que en la actualidad
se ha rehabilitado como “hotel
rural” aunque de momento, su
explotación, se reduce a las
temporadas de “Primavera-Verano”.
A
partir de aquí, el carril va
faldeando las escarpadas
pendientes, manteniéndose entre
los 830 y los 870 m. sobre el
nivel del mar. No obstante, los
precipicios que llevábamos en todo
momento a nuestra derecha, unidos
a la estrechez del carril, con
alguna que otra piedra suelta,
invitaban a ir en segunda y con
los cinco sentidos al volante de
los turismos con los que nos
estábamos adentrando en aquella
auténtica aventura.
Aproximadamente en el kilómetro
11,5 llegamos al denominado
“Cortijo del Daire” , donde nos
encontramos con una peculiar
concentración campestre, compuesta
por varios amigos y familias de
Torrox, que con sus 4x4 habían
ocupado toda la zona de
aparcamiento, obligándonos a dejar
los coches unos centenares de
metros mas allá (dirección “Venta
Panaderos”). Una vez en “El
Cortijo del Daire” mochila y
bastones en ristre, los chavales
del grupo Torrox nos ofrecieron
entre risas y bromas, el vino de
su pueblo, que cada uno llevaba en
su bota. Cuando le comentamos a un
miembro de aquel grupo que conocía
muy bien la zona, que pretendíamos
subir al Lucero desde allí, casi
se le atraganta el buche de vino,
asegurándonos que la subida desde
allí tenía “tres pares de cojones”
(palabras textuales).
Nada mas empezar, afrontamos las
primeras rampas, por un
cortafuegos que parte de la curva
del carril, anterior al “Cortijo
del Daire” (Km. 0, situado a 870
m.), ofreciéndonos una subida sin
tregua por terreno desigual, que
en un abrir y cerrar de ojos, ya
nos había hecho ganar mas de cien
metros, llevando siempre a nuestra
derecha, el “Arroyo Magadillas”,
por este primer tramo del
recorrido, con el imponente telón
de fondo del “Tajo de la Cueva del
Daire” cuya altura íbamos a
superar con creces, finalizando
dicho cortafuegos en las
proximidades de una pequeña
caseta desde la que se extrae agua
todo el año, siendo el único punto
de este itinerario donde podemos
llenar las cantimploras.
Reanudamos la subida por la senda
que sale a la izquierda y que a lo
largo de mas de 100 m. nos hace
caminar casi en sentido contrario
al que traíamos, ganando altura
suavemente, entre aulagas y otros
matorrales típicamente
mediterráneos, trazando una nueva
orquilla que nos lleva en
dirección noroeste, hacia el
“Collado de los Hornillos”. Con
gran decisión y ritmo trepidante
avanzaban por delante: Juan
Carlos, seguido en todo momento
por Carlitos y Paquí que durante
la mayor parte de la jornada
fueron punta de lanza del grupo,
tan rápido iban que casi se dejan
atrás el desvío que hay que tomar
a la derecha abandonando la
dirección noroeste, para tomar una
senda en dirección nordeste, que
nos desafía por dos veces, a
atravesar los dos barrancos que
forman la cabecera del “Arroyo
Magadillas” dos auténticos
embudos, donde los constantes
corrimientos de tierra han borrado
la senda y por donde tuvimos que
pasar superando unos vertiginosos
terraplenes con el suelo
deshaciéndose a cada paso que
dábamos, al borde del abismo, con
la dificultad añadida, de tener
que salvar enormes troncos de
pinos caídos, que nos cortaban el
paso y que aún le daban mayor
épica a este tramo que bien podría
ser comparado con el mismísimo
“Paso de Kalathras” (ver 1ª parte
de “El Señor de Los Anillos”).
A
renglón seguido, otra pendiente
continua nos llevó hasta el
“Puerto del Daire” (km. 3,2 a
1.338 m.), sin duda, la ocasión
bien merecía realizar la 2ª parada
técnica de la jornada. El paisaje
de agreste belleza, típicamente
almijareño, con los pinos
creciendo por paredes y laderas
imposibles, bajo el mar de nubes
que cubría las altas cumbres y al
sur, el brillo del sol reflejado
sobre las plateadas aguas del
Méditerráneo , convertían la
contemplación del paisaje en la
mejor terapia para la mente y el
alma. Inolvidable para todos
nosotros resultó la imponente
silueta piramidal del “Lucerillo”
eclipsando al “Lucero” justo
detrás, el objetivo hacia el que
nos íbamos acercando a cada paso
que dábamos, intercalando subidas
y bajadas, por cada barranco que
íbamos atravesando, unos mas
rápidos y otros de forma mas
tranquila, como Fernando y Ana,
los “Duques de Juanar” que con su
peculiar forma de andar,
convierten en arte el saber
caminar.
Con renovadas energías y los
pulmones repletos del aire puro de
la sierra, iniciamos una
prolongada bajada tras el “Puerto
del Daire”, teniendo que volver a
ganar altura, por la senda que
ascendía en pronunciados zig-zags,
abriéndose paso entre altos pinos
resineros, como si de un “slalom
gigante” se tratara, pero cuesta
arriba, con Darío “la gacela de
Ojén” acompañando al trío
cabecero, remontando las empinadas
rampas que volvían a poner a
prueba la capacidad de sufrimiento
de todos los miembros del grupo
que a buen ritmo de marcha,
superamos sin dificultad “El Lomo
del Daire” (km. 4, a 1.365 m.), a
donde llegaba el grupo, que en
aquellos momentos cerraban
nuestros compañeros que habían
venido de Sevilla: “los ingenieros
agrícolas”: Angel y Chari, junto
con Magda “La Pimentonera de
Aguilas” aún convaleciente de una
reciente gripe, escoltados por
Juan Antonio “El Elfo de la
Malagueta”, magnífico compañero de
aventuras, que lleva el espíritu
olímpico por bandera.

Desde
allí llegamos en poco tiempo a la
“Cabecera del Arroyo Zarzadilla”,
sin duda el punto clave de esta
ruta, que pretendíamos hacer de
forma circular, o como bien diría
“El Portador del Anillo” en forma
de “manzana”, de tal manera que
llegados a ese punto, ya sólo nos
faltaba “el rabito” hasta el
“Collado de la Perdiz” y su
prolongación hacia la cumbre del
“Lucero”.
Pero
una cosa es saber interpretar
perfectamente un itinerario en un
mapa topográfico y otra muy
distinta, acertar de pleno, a la
hora de escoger el camino a
seguir, cuando llegas a un punto
que se presta a confusión, donde
la senda desaparece y la
trayectoria lógica del itinerario
se ve interrumpida por un barranco
de escarpadas paredes. Estábamos
en el “nacimiento del Arroyo
Zarzadilla” (km. 3,7, a 1.400 m.)
donde confluyen tres torrenteras:
a)
la de
la izquierda parecía alejarse del
siguiente hito que íbamos buscando
“El Collado de la Perdiz”.
b)
La
del centro era la que los “GPS”
que llevábamos, nos indicaban como
mas próxima al objetivo, pero al
mismo tiempo con las paredes mas
escarpadas.
c)
La de
la derecha, parecía ser mucho mas
asequible, con ligeras señales de
camino de cabras, así que ante la
duda, nos decidimos por esta
última opción, cada uno como mejor
pudimos, a veces trepando, a veces
caminando, superando un metro de
altura a cada paso que dábamos,
fuimos remontando la fuerte
pendiente, hasta colocarnos en el
inicio de la senda de “La Cresta
de Los Civiles” (1.450 m.) por
donde teníamos previsto realizar
el regreso. Pero ahora tocaba
rectificar la trayectoria para
volver a decender hasta la
cabecera del “Arroyo Zarzadilla” y
desde allí, alcanzar el “Collado
de la Perdiz”.
Bajando
hacia la cabecera del “Arroyo
Zarzadilla” el grupo se fue
estirando como un chicle y en un
momento dado: “los Senescales de
la Bahía”, Reinaldo y Manuela,
tomando como referencia el “GPS” y
recurriendo a sus intrépidas dotes
alpinistas, iinata en los “translíbicos”,
decidieron atacar directo por la
“cañada del centro” que se dirigía
a una escarpada pared, mientras
que el resto del grupo, fuimos
ganando altura, por la cañada de
la izquierda, a través de una
inestable torrentera que ¡por fín!,
nos llevó a un punto intermedio
entre “El Collado de La Perdiz”
(km. 5, 1550 m.)y la ladera oeste
del “Lucerillo”, justo donde
comienza el tramo final de la
senda al “Lucero”. Con la
satisfacción de haber encontrado
el “hito” que íbamos buscando y la
euforia contenida de tener la
cumbre del “Lucero” ya a la vista,
iniciamos el tramo final de la
subida al Lucero, siguiendo la
preciosa senda que va faldeando la
ladera norte del Lucerillo, por
imposibles zig-zags, hasta
situarnos en el vertiginoso
“Coladero de Los Mosquitos” (km.
5,8, a 1630 m.) con inolvidables
vistas hacia las imponentes
montañas de la cabecera del río
Higuerón, destacando “La Cadena” y
“El Cisne” (el “K-2” de la
Almijara).
Mientras
tanto, de forma simultanea, sin
que nadie lo pudiera imaginar,
Reinaldo y Manuela, estaban
trepando las escarpadas paredes de
la ladera sur del “Lucerillo”, y
cuando ya empezábamos a enfilar la
espectacular senda del último
tramo del “Lucero”, caminando por
encima de un mar de nubes,
aparecieron ¡por fín!, Reinaldo y
Manuela en la misma cumbre del
“Lucerillo” (1.692 m.), teniendo
que bajar por su empinada ladera,
hasta el tramo de senda que ya
habíamos dejado muy atrás,
“aterrizando” muy cerca del
vertiginoso “Coladero de los
Mosquitos”, mientras el resto
del grupo, iba llegando lentamente
a la cumbre, Patricia “la
reportera de Chef Chauen”, Miguel
“El Hombre que sabía demasiado”,
Ángel “El ingeniero” y yo, nos
recreábamos en cada curva de la
senda, con el alucinante paisaje
que íbamos dejando a nuestra
espalda, presidido por La Maroma
al oeste, los colosos de Sierra
Almiajara al sureste y llegando a
la cumbre, la imponente silueta de
Sierra Nevada al nordeste haciendo
honor a su nombre, por encima del
mar de nubes sobre el que ya nos
encontrábamos, como inmersos en un
sueño surrealista, junto a las
ruinas de un remoto
“cuartelillo de la guardia civil”
ubicado de forma imposible en la
mismísima cumbre del Lucero
(km.
6,4 a 1.779 m. sobre el nivel del
mar), construido a base de
acarrear ladrillos de terracota,
transportados sobre los lomos de
las sufridas mulas, de los
contrabandistas, que se veían
obligados a sobornar a la
autoridad para poder comerciar
libremente por el amplio
territorio que abarcan las vistas
de esta impresionante atalaya que
domina gran parte de Sierra
Almijara hacia la costa, y hacia
la Vega de Alhama. No por
casualidad fue escogido en los
tiempos de “postguerra” como punto
estratégico de vigilancia, para
perseguir los últimos reductos
republicanos de la zona, motivo
por el cual fue construido. En
contraste con aquellos tiempos de
guerra, alguien ha tenido la
peculiar idea de colocar un
entrañable “portal de belén” (que
no sabemos cuanto durará), en uno
de los huecos de los restos de
muro que aún siguen en pie, y que
tan buen abrigo nos ofrecieron
para protegernos del viento,
mientras una vez mas nuestro
ínclito amigo “Carlitos” nos
deleitaba durante el almuerzo con
dos nuevas poesías mas otra mas de
cosecha propia dedicada a una
“mujer morena”. Digno de mención
fue el gran acierto de Celia, a la
hora de meter en su mochila,
turrón del blando que con la
amabilidad y la simpatía que le
caracteriza ofreció a todo el
grupo y que a mí en particular me
supo a gloria, casi tan bien como
los anacardos con miel del “Elfo
de la Malagueta”, que fueron el
complemento perfecto para mi
“barrita energética”, y es que,
una vez mas, “hacendado” volvió a
patrocinar nuestro “almuerzo
montañero”.


Conforme
comenzamos a descender por aquella
senda alucinante del Lucero y el
Lucerillo, el cielo de la tarde se
fue abriendo, ofreciéndonos un
paisaje espectacular con luces
cambiantes sobre los mármoles
fragmentados de las cumbres almijareñas y el brillo de sol
reflejado sobre las aguas del
Mediterráneo que teníamos al sur
pudiendo llegar a ver las montañas
de Marruecos con total nitidez.
Buscando una bajada suave desde
“El Collado de la Perdiz” tal y
como nos indicaba la guía que
tomamos como referencia, llegamos
casi hasta las inmediaciones del
“Cerro de la Mota” desde donde no
era posible la bajada al
“nacimiento del Arroyo
Zarpadilla”, con lo cual, vuelta
sobre nuestros pasos y retorno al
mismo lugar por el que habíamos
llegado al “Collado de la Perdiz”
donde regresábamos de nuevo.

Aquí cometí un
descuido, ya que al volver a
encontrarme de frente con las
imponentes siluetas del “Lucero” y
el “Lucerillo”, por unos momentos
perdí la noción del tiempo,
quedándome hipnotizado en su
contemplación y cuando quise darme
cuenta, la cabecera del grupo, se
había desviado ligeramente a la
izquierda en una “incursión
exploratoria” que llevó a cabo
Juan Carlos, seguido en todo
momento por “Carlitos” que terminó
provocando un efecto en cadena y
para cuando llegué, el grupo ya
estaba decidido a continuar por
allí. No obstante, tenía el
convencimiento de que bajando
recto por la torrentera que tenía
ante mí, se llegaba en línea recta
al nacimiento del “Arrollo
Zarzadilla” bajando finalmente por
allí en compañía de Juan Carlos y
Paqui, que retrocedieron sobre sus
pasos para no dejarme sólo en mi
apuesta. Manteniendo los dos
grupos el contacto visual, en casi
todo momento, llegamos casi al
mismo tiempo, al collado que
teníamos delante, donde creímos
comenzaba la senda de “La Cresta
de los Civiles” en la que
accidentalmente nos situamos a la
ida, pero obviamente, nos habíamos
desviado demasiado a la izquierda
(dirección este), encontrándonos
ante unas crestas con grandes
cuchillos rocosos que nos hicieron
replantearnos el regreso por el
mismo camino. ¡Votación! A) seguir
intentando encontrar el comienzo
de la cresta por donde teníamos
pensado regresar, ó B) regresar
por donde habíamos realizado el
camino de Ida. Sin embargo, en
caso de duda siempre debe
prevalecer la prudencia y con las
dos horas de sol que quedaban, sin
saber el tiempo que nos llevaría
encontrar el acceso a “La Cresta
de los Civiles” a la que se llega
sin senda marcada, hizo que
finalmente nos decantáramos por la
opción “B” (regresar por el mismo
camino).

En el camino de
vuelta, empezamos a ser
conscientes de la dureza del
trazado, ya que, aún siendo,
predominantemente cuesta abajo, en
el tramo intermedio había una
serie de toboganes, que fueron un
auténtico rompe-piernas para mas
de un@ que nos vimos obligados a
hacer “la goma” en la cola del
grupo, bien por cansancio, bien
por el respeto a los precipicios
en los pasos mas comprometidos, ó
el caso contrario como “Ivan el
Terrible” que loco por llegar lo
antes posible a su coche, para
poder descansar, saltaba por
encima de los troncos caídos y
bajaba a toda velocidad por las
pendientes mas fuertes. Aún así,
todos los miembros de esta
jornada, tuvieron gran espíritu de
grupo y al igual que en la bajada,
se realizaron varias paradas de
reagrupamiento, para impedir que
los que veníamos mas atrás
quedásemos descolgados, en una de
esas jornadas exigentes en las que
sueles terminar con la boca seca y
sin una gota de agua en la
cantimplora.
Llegando ya al
cortafuegos, por el que habíamos
comenzado la ascensión por la
mañana, la tarde nos regaló una
nueva estampa inolvidable, como
fueron aquellos rayos de sol del
atardecer, que tiñeron de un
naranja sobrenatural, las crestas
del “Tajo de la Cueva del Daire” y
la de “Los Civiles” por donde
teníamos previsto haber realizado
la bajada. Sin duda, un buen
motivo para intentar una futura
ascensión al Lucero, por ese tramo
aún por descubrir, tal vez, para
la próxima temporada. Casi de
noche ya, llegábamos a los coches,
caminando bajo las primeras
estrellas del firmamento, con la
sensación compartida de haber
vivido una espectacular jornada de
montaña que a buen seguro
recordaremos durante mucho tiempo.
Una
vez de vuelta en Cómpeta, la mitad
del grupo nos quedamos en un bar
que “Carlitos” bautizó como el
“bar del Loro” donde unos se
pidieron un “cola-cao” calentito y
otros una cervecita con patatas
fritas y pinchitos (dietéticos) a
modo de improvisado colofón para
tan espectacular jornada
montañera.
Sin embargo, acabo
esta crónica con la impotencia de
haberme quedado corto para poder
reflejar en imágenes y palabras la
grandeza de esta ruta en
particular y de Sierra Almijara en
general, que con sus imponentes
moles verticales de mármoles
dolomíticos, calizas margosas y
tortuosos senderos de arenisca,
constituye un conjunto de
impresionantes montañas y angostos
valles como el de los ríos
Chillar, Torrox o Higuerón.
¡Sierra Almijara!,
¡paraíso soñado!,¡si fueras mujer
serías la mas bella entre las
bellas!, cada una de tus montañas
tiene su propia magia y misterio,
pero el día que me vaya de este
mundo, permíteles a quines lleven
mis cenizas que las depositen en la cumbre
del “Lucero”.
¡He dicho!
Crónica: Juan
Ignacio Amador
Fotografías: El
grupo