Día 1
de mayo de 2008, 8 de la mañana
lugar de encuentro en el cortijo del
Collado de Abajo, al pie de La Sagra,
la dama blanca del altiplano
granadino, 1 grado de temperatura y
allí nos encontrábamos, Saskia,
Rafa Flo, Juani y Rafa Ríos por
parte de Málaga y Pepe el makis, su
hijo Rubén, Ignacio “Montaraz del
Aneto”, y yo por parte de Sevilla,
más Fernando Bagaza, un nuevo amigo
de Granada.
Majestuosa la belleza
de esta montaña solitaria y en
especial su cara noroeste,
mostrándonos sus vías de subida y
bajada, Collado Blanco, vía
Pingüino, el embudo, la pedrera,
collado de la Víbora, todas ellas
con un desnivel que hacían aflorar
de nuestro instinto de conservación
el pensamiento de “yo no subo”.
Después de un
agradecido desayuno de hermandad
ofrecido por Málaga a Sevilla, a
las 8, 30 nos disponíamos a cumplir
los principales objetivos del día,
además de vivir, el montañero subir
al punto más elevado del sur de la
península Ibérica, 2381 metros,
después de las cumbres de Sierra
Nevada y el resto de propósitos
individuales, compartir esfuerzo,
camaradería, amistad, historias
personales, etc.


La intención era
subir por el embudo y bajar por la
pedrera, si podíamos. Unos 8
kilómetros y mil metros de desnivel,
como diría el Vendaval,
“mariconadas”.
Ninguno de los
presente conocía el terreno pero
cogiendo el camino que salía hacia
el sur, del aparcamiento donde
habíamos dejado los coches, no tenía
perdida “ torrectoparriba”.
El camino se adentra
por el pinar que abraza la base de
la montaña. La pendiente se
intensifica al remontar la ladera,
de tal manera que las conversaciones
de entrecortan, la respiración y el
corazón se aceleran y el
acaloramiento enrojece nuestras
mejillas hasta tal punto que nos
hace vencer el pudor y nos vamos
despojando de nuestras prendas. -
¡Coño! Ahora que releo esto, haber
si estábamos haciendo el amor y yo
sin enterarme.


La senda enseguida
sale del pinar y ante nosotros
aparece una ladera bastante empinada
de tierra compacta, salpicada de
piedras calizas. La ladera está
cortada por una gran banda de roca
en la que se aprecia la entrada al
embudo. Nos acercamos a la base del
tubo y nos adentramos en el mismo
entre bloques de roca por los que
hay que trepar un poquito. Al salir
del corredor que define el tubo del
embudo, la parte cónica se presenta
como una ladera despejada, donde
aparece una gran roca, “el
caramelo”, la cual hay que evitar
por la izquierda. Este párrafo en
otras palabras, 400 metros de
subida, con desniveles del 70 %,
“mariconadas”.
Con estas condiciones
que nos planteaba la Sagra, el grupo
estaba al sálvese quien pueda, unos
mal y otros peor todavía. En el
grupo cabecero, el atlético Rubén al
cual el comandante Preston, le
ofreció una elevada cantidad
económica por su fichaje, sin
mencionar cifras para no herir
susceptibilidades, y como sorpresa
el andarín Fernando Bagaza en buena
forma física que me confesaba tener
cierto respeto ya que nunca había
subido montañas.

En pleno embudo,
antes del caramelo, nos alcanzaba
Javier Alcaraz y su perrito,
montañero de Murcia gran conocedor
de la zona que nos iba desvelando la
toponimia del paisaje.
Una vez en el collado
del embudo crestear suavemente hasta
alcanzar la cima. A nuestra vista
las provincias de Jaén, Albacete,
Murcia, Almería y Granada, las
sierras de Mágina, Cazorla, Segura,
Castril, Seca, Guillimona, Las
Cabras, Tahibilla, Maria, Baza, los
Filabres y Sierra Nevada, en estas
fechas haciendo poco honor a su
nombre


Después del descanso,
alimentación y las fotos para dejar
constancia de la proeza junto con
dos jóvenes patriotas que venían de
Alicante, nos tocaba bajar, y ya
sabemos que “cuesta arriba que
fatiga, cuesta abajo que trabajo”.
Volvimos sobre nuestros pasos en
dirección al collado de las Víboras,
dirigidos por Javier Alcaraz, por
una senda que evitaba la primera
parte de la pedrera, pelada de este
elemento.
Con el grupo muy
desperdigado, llegábamos a la
famosa pedrera y en este punto, cada
uno con su estilo a descender 400
metros a velocidades de vértigo,
todo un gustazo y con la sensación
de un niño en las atracciones de
feria, “Papa, súbeme otra vez”.


Después paseito por
el bosque de pinos para estirar las
piernas y cariñosa despedida.
Para completar la
jornada parte del grupo se dio un
homenaje gastronómico, que lo fue,
y después la visita a las
impresionantes Mariantonias.
Para repetir.
Crónica: Ildefonso
Ruiz, “El Vendaval del Moncayo”
Fotos: Juan Ignacio
Amador "El Comandante"