

A pesar de las previsiones que daban
un 85% de probabilidad de lluvia
para el sábado en la zona del sur de
Ciudad Real, nos dimos cita en
Fuencaliente seis PasosLargos: Rosa
de Casarabonela, Celia, Darío, Juan
Antonio, Miguel y Patri, con la
intención de subir al punto más alto
de Sierra Morena, el Pico Bañuelas.
El día amaneció muy nublado y con
nubes bajas, con amenaza de lluvia
pero decidimos empezar a ver qué
podíamos hacer.


Después de visitar las pinturas de
Peña Escrita que se encuentran en un
abrigo natural protegido por unas
rejas, comenzamos a andar en el
parking de las pinturas rupestres de
Peña Escrita a unos 5 kilómetros de
Fuencaliente por el carril entre
pinos que surge desde ese punto en
dirección este. Al poco los pinos se
acaban y nos vemos envueltos de
matorrales a través de una senda
poco marcada, solo por unos pocos
hitos. Esta senda desciende a un
barranco, por el que discurre algo
de agua. Después de cruzarlo pasamos
a la ladera de enfrente, donde la
senda continúa desdibujada y
comienza a subir poco a poco. Las
nubes están bajas pero a medida que
ascendemos, ellas también
retroceden, dándonos esperanza de
llegar a hacer cumbre. La senda
cruza varias pedreras con musgo,
características de estas laderas, y
donde proliferan grandes manchas de
robles. Podemos observar dos águilas
que nos vigilan desde las alturas.


La niebla va subiendo pero las
nubes comienzan a tornarse más
negras cada vez, y la prudencia hace
pensar que es mejor volver ya, pero
somos del Comando Preston y nos
gusta la aventura, así que seguimos
adelante con poca visibilidad. Ya
deberíamos ver el pico, pero las
nubes nos lo impiden. De memoria, ya
sin sendero, seguimos subiendo no
sin el temor de que se meta la
niebla y no podamos saber por donde
volver. La montaña nos da un aviso
importante. Cuando ya estábamos casi
a punto de coronar, las primeras
gotas de agua. Empezamos a sacar los
chubasqueros y antes de poder
colocarnos todo nos damos cuenta de
que está granizando. Las nubes se
nos echan encima, el granizo cada
vez más violento, nos miramos y para
abajo. Ya hemos arriesgado
demasiado, y ahora solo queda ir con
cuidado por el mismo camino, pisando
fuerte para no resbalar en las zonas
de rocas y piedras. El musgo sobre
la roca se convierte en nuestro
enemigo número uno, y si no que se
lo digan a Juan Antonio, que tuvo un
resbalón aparatoso que le dejó
dolorido por un momento, aunque se
sobrepuso al momento y parece que
solo tendrá un moratón durante un
tiempo.


A la vuelta dudamos en algunos
puntos a causa de las nubes, pero
sabemos encontrar el camino y al
bajar un poco, cesa el granizo y las
nubes vuelven a subir. Ya son más de
las dos, pero la cautela hace que
sigamos bajando hasta llegar al
menos a la pista donde ya no hay
peligro de desorientarse. En el
inicio de la pista paramos a comer,
y se acaba de nuevo la tregua, un
chaparrón hace que nos aligeremos y
vuelta a los chubasqueros. Solo
queda llegar a los coches,
cambiarnos la ropa mojada y
rememorar la jornada en una venta
cercana, donde probamos la rica
carne de venao de la zona,
acompañada de unas cervecitas,
cafés, etc.


Quiero agradecer a todos los
senderistas que compartieron esta
ruta conmigo y que se desplazaron
hasta allí a pesar de las
previsiones para conocer una zona
muy virgen y desconocida que
esperamos poder conocer más en
profundidad en otra ocasión. Creo
que arriesgamos un poco más de lo
deseable, ya que no llevábamos GPS y
las condiciones eran realmente
malas, pero el trabajo en equipo y
el compañerismo sirvieron una vez
más para que la cosa acabara muy
bien y con la sensación de que
habíamos disfrutado de la montaña y
de los amigos.
Crónica y Fotos: Patricia López
Casaluenga, “La Chica que miraba las
estrellas”