El 24 de noviembre amaneció
desapacible, frío y lluvioso. Un día
que difícilmente se borrará de
nuestros recuerdos senderistas, por
la duras condiciones meteorológicas
que soportamos pero también por la
belleza de los paisajes que pudimos
contemplar.

Faltaban unos minutos para las 10
de la mañana cuando un grupo de 11
personas (en un principio ibamos a
ser muchos más, pero las previsiones
de lluvia y frío disuadieron a
muchos participantes) nos
encontramos junto al instituto de
secundaria de Cortes de la Frontera.
La siempre sonriente Celia, Darío el
Magnífico, Mónica de Alcalá del
Valle, Jesús “el hombre de las
suelas desgastadas”, el “batolito”
Rafa Sancho y su hijo Antonio, el
simpático Severo de Algeciras, Ana
Mari y Gabriel de El Coronil, Héctor
“el caimán de Puente Genil” y una
servidora. Caía una lluvia fina que
hacía presagiar un desastre
“senderista”, pero nos armamos de
valor y decidimos comenzar la ruta,
no sin antes hacer la foto de rigor,
junto al cartel de Sierra de
Grazalema que hay frente al
instituto.
Ascendimos
unos 100 m. por un carril que parte
de la entrada posterior del
instituto, y que conduce a los
llanos de Líbar. En lugar de
continuar por el carril, tomamos una
senda que parte a la derecha, justo
antes de una portilla que suele
estar abierta. Comenzamos una
ascensión en zig-zag por un paraje
de matorral mediterráneo (romero,
retama...) hasta que desembocamos de
nuevo en el carril, por el que
anduvimos unos metros en busca de
una senda que inicia la ascensión
por el paraje el Romeral. Caminando
por esta senda, que sube en zig-zag
hacia un encinar cada vez más
poblado, fuimos ganando altura con
bastante rapidez. Las encinas eran
cada
vez
más abundantes y las vistas sobre el
valle del Guadiaro cada vez más
espectaculares. Después de una breve
pausa bajo una encina, continuamos
del tirón hasta llegar a uno de los
hitos del recorrido, una encina con
tres piedras en su tronco.
Descansamos unos minutos para
contemplar las bellísimas vistas del
valle Guadiaro, Jimena de Líbar, y
la loma de Sierra Blanquilla que
lleva al Cerro Martín Gil. Buscamos
una angarilla, seguimos ascendiendo
por el encinar y poco después
encontramos una portilla mucho más
grande. El tiempo seguía amenzante,
el viento y el frío eran cada
vez
más intensos. Personalmente estaba
algo preocupada, pues faltaba ganar
todavía bastante altura y recorrer
algunos kilómetros, y aquel paraje
es tan bello como inhóspito para
afrontar una tormenta. Alguna oveja
correteaba cerca de nosotros, y un
solitario buitre leonado volaba en
círculos en un cielo gris oscuro.
Seguimos caminando por el espeso
encinar, completamente cubierto de
musgo, hasta que alcanzamos un
collado donde decidimos parar para
tomar un tentempié. Habían pasado
poco más de dos horas desde que
iniciamos la ascensión en Cortes de
la Frontera. La
lluvia
había parado, aunque el frío y el
viento seguían siendo intensos. Tras
comernos los bocatas y alimentos
energéticos varios, seguimos
caminando por un lugar donde las
encinas cada vez eran más escasas y
hacían aparición unas dolinas. El
terreno era más llano, los estómagos
estaban llenos y la tregua de la
lluvia nos había animado. Pronto
llegamos a un cortijo en ruinas, que
Celia se quedó con ganas de
explorar, y continuamos por un
carril hacia los llanos del Puerto,
buscando una enorme encina de tres
piernas que indica la proximidad del
inicio de la casi imperceptible
senda
que
nos llevaría al encinar de Breña
Oscura. Tan difícil era de apreciar
que algunos pasaron de largo y
tuvieron que retroceder. Cruzamos
una angarilla, y penetramos en un
espesísimo bosque de encinas,
cubiertas de un frondoso musgo cuyo
verdor era aún más intenso por la
oscuridad del día. Algunas pequeñas
setas recién brotadas tras las
intensas lluvias aparecían en
nuestro camino. Todos quedamos
admirados de la belleza del encinar
de Breña Oscura, que iluminado por
aquella luz tenebrosa parecía un
bosque encantado.

Extasiados por la belleza del
paraje, y resguardados del viento y
el frío gracias a los árboles,
ascendimos por el encinar hasta que
los árboles fueron dando paso a la
roca pelada, y vimos sobre nuestras
cabezas el cedro solitario que hace
de guardián de la cumbre de los
pinos. Comenzó a lloviznar de nuevo
y nos apresuramos para poder llegar
a la cima antes de que arreciara la
lluvia. A las dos de la tarde
llegamos a la cumbre de la Sierra de
los Pinos, muy bien señalizada con
una placa que P.L. (Pasos Largos)
pusiera en su día. El paisaje era
hermosísimo, aunque desdibujado por
las nubes, pero el frío y el viento
eran inclementes, las finísimas
gotas de lluvia parecían cristales
de hielo, y tras hacernos las fotos
de rigor y contemplar por última
vez las magníficas vistas desde la
cumbre (la Sierra de Grazalema: el
Torreón, el San Cristobal, el Reloj,
el Simancón..., los llanos del
Republicano, la Sierra y los llanos
de Líbar, la Sierra del Palo y el
Tunio, el Martín Gil, la Sierra de
las Nieves, Sierra Bermeja, Sierra
Crestellina con Gaucín en su regazo,
el hacho de Gaucín, los Alcornocales
y el Aljibe, Ubrique y los embalses
de los Hurones y Guadalcacín, todo
estaba a nuestro alcance visual),
emprendimos el descenso por el mismo
encinar de Breña Oscura. Poco antes
de llegar al carril hicimos una
parada para comer, en un lugar que
posiblemente habría servido de
refugio para el ganado, con unas
rocas dispuestas en forma
de muro que la humedad había
cubierto de musgo. Tras la comida
continumos hasta alcanzar el carril
del que habíamos partido unas horas
antes, en los llanos del Puerto.
Milagrosamente, la lluvia había
parado de nuevo, y el viento y el
frío ya no eran tan intensos.
Continuamos cómodamente caminando
por el carril hasta que este se
convirtió en una senda que bajaba en
dirección a los llanos de Labranza.
Las nubes parecían abrirse como
recompensa por haber tenido el
temple de coronar la cima en un día
tan desapacible. Llegamos a un
curioso pilón
labrado en la roca, donde hicimos
una brevísima parada y unas fotos,
para continuar hacia la cuesta del
Panderete, última etapa de nuestro
recorrido.
El tiempo seguía aclarando, y en la
bajada la tarde nos regaló una
maravillosa visión de la Sierra de
las Nieves cubierta con un manto de
nieve recién caída. Celia sugirió
que la nieve habría caído la noche
anterior, pues había estado
lloviendo en Ojén y las bajas
temperaturas habrían propiciado la
nevada.
Continuamos bajando por la cañada
del Panderete, admirando las cada
vez más nítidas imágenes de
Sierra Bermeja, el valle del
Guadiaro, Sierra Crestelllina,
Gaucín y su hacho, y poco antes de
las cinco de la tarde llegamos al
mirador situado en la parte alta de
Cortes de la Frontera, donde un
amable “paisano” nos hizo unas fotos
con algunas de nuestras cámaras para
inmortalizar el fin de tan épica
ruta. La sonrisa de nuestras caras
denota la satisfacción que sentíamos
por haber completado la actividad,
contra todo pronóstico y pese a las
pocas esperanzas que albergabamos al
principio.
Tras
unos cafés, colacaos y alguna que
otra cerveza con tapa en el bar
Sevilla, de Cortes, seguimos en
dirección al instituto de
secundaria, donde habíamos dejado
los coches. Nos despedimos, nos
abrazamos y nos dijimos con la mayor
sinceridad: “Hasta pronto, nos vemos
en las montañas”.