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Salidas del COMANDO PRESTON - Temporada 2007-2008


Ascensión a La Sierra de Los Pinos

(Cortes de La Frontera, entre el Parque Nat. Sierra de Grazalema)

Fecha: sábado, 24 de noviembre de 2007


 

El 24 de noviembre amaneció desapacible, frío y lluvioso. Un día que difícilmente se borrará de nuestros recuerdos senderistas, por la duras condiciones meteorológicas que soportamos pero también por la belleza de los paisajes que pudimos contemplar.

 Faltaban unos minutos para las 10 de la mañana cuando un grupo de 11 personas (en un principio ibamos a ser muchos más, pero las previsiones de lluvia y frío disuadieron a muchos participantes) nos encontramos junto al instituto de secundaria de Cortes de la Frontera. La siempre sonriente Celia, Darío el Magnífico, Mónica de Alcalá del Valle, Jesús  “el hombre de las suelas desgastadas”, el “batolito” Rafa Sancho y su hijo Antonio, el simpático Severo de Algeciras, Ana Mari y Gabriel de El Coronil, Héctor “el caimán de Puente Genil” y una servidora. Caía una lluvia fina que hacía presagiar un desastre “senderista”, pero nos armamos de valor y decidimos comenzar la ruta, no sin antes hacer la foto de rigor, junto al cartel de Sierra de Grazalema que hay frente al instituto.

 

 Ascendimos unos 100 m. por un carril que parte de la entrada posterior del instituto, y que conduce a los llanos de Líbar. En lugar de continuar por el carril, tomamos una senda que parte a la derecha, justo antes de una portilla que suele estar abierta. Comenzamos una ascensión en zig-zag por un paraje de matorral mediterráneo (romero, retama...) hasta que desembocamos de nuevo en el carril, por el que anduvimos unos metros en busca de una senda que inicia la ascensión por el paraje el Romeral. Caminando por esta senda, que sube en zig-zag hacia un encinar cada vez más poblado, fuimos ganando altura con bastante rapidez. Las encinas eran cada vez más abundantes y las vistas sobre el valle del Guadiaro cada vez más espectaculares. Después de una breve pausa bajo una encina, continuamos del tirón hasta llegar a uno de los hitos del recorrido, una encina con tres piedras en su tronco. Descansamos unos minutos para contemplar las bellísimas vistas del valle Guadiaro, Jimena de Líbar, y la loma de Sierra Blanquilla que lleva al Cerro Martín Gil. Buscamos una angarilla, seguimos ascendiendo por el encinar y poco después encontramos una portilla mucho más grande. El tiempo seguía amenzante, el viento y el frío eran cada vez más intensos. Personalmente estaba algo preocupada, pues faltaba ganar todavía bastante altura y recorrer algunos kilómetros, y aquel paraje es tan bello como inhóspito para afrontar una tormenta.  Alguna oveja correteaba cerca de nosotros, y un solitario buitre leonado volaba en círculos en un cielo gris oscuro. Seguimos caminando por el espeso encinar, completamente cubierto de musgo, hasta que alcanzamos un collado donde decidimos parar para tomar un tentempié. Habían pasado poco más de dos horas desde que iniciamos la ascensión en Cortes de la Frontera. La lluvia había parado, aunque el frío y el viento seguían siendo intensos. Tras comernos los bocatas y alimentos energéticos varios, seguimos caminando por un lugar donde las encinas cada vez eran más escasas y hacían aparición unas dolinas. El terreno era más llano, los estómagos estaban llenos y la tregua de la lluvia nos había animado. Pronto llegamos a un cortijo en ruinas, que Celia se quedó con ganas de explorar, y continuamos por un carril hacia los llanos del Puerto, buscando una enorme encina de tres piernas que indica la proximidad del inicio de la casi imperceptible senda que nos llevaría al encinar de Breña Oscura. Tan difícil era de apreciar que algunos pasaron de largo y tuvieron que retroceder. Cruzamos una angarilla, y penetramos en un espesísimo bosque de encinas, cubiertas de un frondoso musgo cuyo verdor era aún más intenso por la oscuridad del día. Algunas pequeñas setas recién brotadas tras las intensas lluvias aparecían en nuestro camino. Todos quedamos admirados de la belleza del encinar de Breña Oscura, que iluminado por aquella luz tenebrosa parecía un bosque encantado.

 

 

Extasiados por la belleza del paraje, y resguardados del viento y el frío gracias a los árboles, ascendimos por el encinar hasta que los árboles fueron dando paso a la roca pelada, y vimos sobre nuestras cabezas el cedro solitario que hace de guardián de la cumbre de los pinos. Comenzó a lloviznar de nuevo y nos apresuramos para poder llegar a la cima antes de que arreciara la lluvia. A las dos de la tarde llegamos a la cumbre de la Sierra de los Pinos, muy bien señalizada con una placa que P.L. (Pasos Largos) pusiera en su día. El paisaje era hermosísimo, aunque desdibujado por las nubes, pero el frío y el viento eran inclementes, las finísimas gotas de lluvia parecían cristales de hielo, y tras hacernos las fotos de rigor y contemplar por última vez las magníficas vistas desde la cumbre (la Sierra de Grazalema: el Torreón, el San Cristobal, el Reloj, el Simancón..., los llanos del Republicano, la Sierra y los llanos de Líbar, la Sierra del Palo y el Tunio, el Martín Gil, la Sierra de las Nieves, Sierra Bermeja, Sierra Crestellina con Gaucín en su regazo, el hacho de Gaucín, los Alcornocales y el Aljibe, Ubrique y los embalses de los Hurones y Guadalcacín, todo estaba a nuestro alcance visual), emprendimos el descenso por el mismo encinar de Breña Oscura. Poco antes de llegar al carril hicimos una parada para comer, en un lugar que posiblemente habría servido de refugio para el ganado, con unas rocas dispuestas en forma de muro que la humedad había cubierto de musgo. Tras la comida continumos hasta alcanzar el carril del que habíamos partido unas horas antes, en los llanos del Puerto.

 

Milagrosamente, la lluvia había parado de nuevo, y el viento y el frío ya no eran tan intensos. Continuamos cómodamente caminando por el carril hasta que este se convirtió en una senda que bajaba en dirección a los llanos de Labranza. Las nubes parecían abrirse como recompensa por haber tenido el temple de coronar la cima en un día tan desapacible. Llegamos a un curioso pilón labrado en la roca, donde hicimos una brevísima parada y unas fotos, para continuar hacia la cuesta del Panderete, última etapa de nuestro recorrido.

 

El tiempo seguía aclarando, y en la bajada la tarde nos regaló una maravillosa visión de la Sierra de las Nieves cubierta con un manto de nieve recién caída. Celia sugirió que la nieve habría caído la noche anterior, pues había estado lloviendo en Ojén y las bajas temperaturas habrían propiciado la nevada.

 

Continuamos bajando por la cañada del Panderete, admirando las cada vez más nítidas imágenes de Sierra Bermeja, el valle del Guadiaro, Sierra Crestelllina, Gaucín y su hacho, y poco antes de las cinco de la tarde llegamos al mirador situado en la parte alta de Cortes de la Frontera, donde un amable “paisano” nos hizo unas fotos con algunas de nuestras cámaras para inmortalizar el fin de tan épica ruta. La sonrisa de nuestras caras denota la satisfacción que sentíamos por haber completado la actividad, contra todo pronóstico y pese a las pocas esperanzas que albergabamos al principio.

 

Tras unos cafés, colacaos y alguna que otra cerveza con tapa en el bar Sevilla, de Cortes, seguimos en dirección al instituto de secundaria, donde habíamos dejado los coches. Nos despedimos, nos abrazamos y nos dijimos con la mayor sinceridad: “Hasta pronto, nos vemos en las montañas”.

 

 

Crónica: Magdalena Mayor

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