Sábado 13 de
septiembre
A las 9 de la mañana de un soleado
sábado de finales de verano, nos
dimos cita en la plaza del Barrio
Alto de Trevélez (la localidad
situada a más altitud de España,
1480 m.) ocho compañeros que íbamos
a compartir la que en mi modesta
opinión, ha sido una de las
travesías estrella de la temporada.
Fué una ruta exigente, dura, larga
(algunos tramos incluso un poco
desesperantes), con gran desnivel y
que nos permitió recorrer parajes
muy bellos y desconocidos de la cara
sur de Sierra Nevada.
Tras una breve visita a la panadería
del pueblo, emprendimos la marcha
por las calles empinadas de la
bonita localidad alpujarreña. Pronto
salimos del pueblo y continuamos por
una vereda muy bien señalizada, que
discurría entre huertos, cortijos de
piedra y establos de vacas. A
nuestra derecha quedaba el valle del
río Trevélez y las lomas de la
vertiente contraria, por donde
descenderíamos al día siguiente.




Íbamos ganando altura rápidamente,
atravesando acequias, barrancos y
chorreras. Poco después de
sobrepasar el cortijo de Piedra
Redonda, giramos bruscamente a la
izquierda, para abandonar el valle
del río Trevélez, en dirección a la
loma del Mulhacén, por un lugar
llamado Prados Grandes. Aunque el
día era soleado, en las alturas se
veían unas nubes que cubrían las
cumbres y que no nos hacían ninguna
gracia. Seguimos ganando altura,
llegamos a una gran chorrera, lugar
que aprovechamos para descansar,
comer algo y saludar a un grupo de
montañeros malagueños, que Jaime
conocía por haber participado en la
travesía del Arco Calizo Central, y
sin mucho entretenimiento
continuamos, pues quedaba mucho
camino. Nos adelantó un arriero con
dos mulas cargadas... ¡de mochilas!.
El buen señor se gana un buen
dinerillo porteando con sus bestias
las mochilas de los montañeros que
quieren subir a Siete Lagunas
ligeros de peso. Las mochilas eran
de los malagueños. A este paso
Sierra Nevada se va a poner como el
Djebel Toubkal o el Tibet, que vas
con lo puesto y los porteadores te
llevan hasta la muda. Continuamos a
buen ritmo hasta llegar a un pinar,
que atravesamos para alcanzar unas
rocas donde los más adelantados
esperaban al resto. No quedaba mucho
para Siete Lagunas, pero sin duda
era el tramo más duro.


Atravesamos una zona de prados y
riachuelos llamada la Campiñuela,
hasta que llegamos al río Culo de
Perro, que bajaba caudaloso y bravo
desde las alturas de Siete Lagunas.
Los del grupo de delante continuaron
por la vereda oficial, pero los de
atrás fuimos siguiendo el curso del
río, disfrutando de sus innumerables
saltos de agua y de los verdes
prados de las riberas. Al final
terminamos en la vereda “oficial” y
desde allí divisamos con toda su
majestuosidad las Chorreras Negras,
una inmensa cascada que es desagüe
de la laguna Hondera, la primera y
más grande del circo de Siete
Lagunas. Esta chorrera es el
nacimiento del río Culo de Perro.
Subimos la chorrera “a hierro”, por
su parte derecha. Tras un rato algo
penoso por el desnivel y por el
cansancio acumulado, llegamos por
fin a la base del gran circo de
Siete Lagunas, uno de los parajes de
montaña más bellos del mundo.
Habíamos superado 1.500 m. de
desnivel en poco más de cinco horas.
Los compañeros más adelantados
estaban comiendo ya, a orillas de la
laguna Hondera, y los demás pronto
nos sumamos a ellos. El paisaje era
magnífico, las nubes amenazantes de
la mañana se habían disipado, y la
cima del Alcazaba se mostraba
desafiante a nuestros ojos.


Tras la comida, nos encaminamos por
una cómoda vereda en dirección
nordeste hacia la loma del Alcazaba.
En poco más de 45 m. alcanzamos la
piedra del Yunque, lugar que marcaba
el inicio del ascenso al Alcazaba
por su parte más suave, la loma de
la cara sur. Tras las fotos
comenzamos la ascensión, con un poco
de apretura por lo avanzado de la
hora. Las nubes de la mañana habían
vuelto a hacer acto de presencia, y
comenzó a soplar un viento de cumbre
gélido e incómodo. Jaime, Rafa, José
Antonio y Paco iban muy adelantados,
todo derechos hacia la cumbre del
Alcazaba. Vicky, Antonio y una
servidora, escoltados por el siempre
atento Juan A. Mena, íbamos más
retrasados. El frío era cada vez más
intenso, las nubes una pesadilla y
el cansancio hizo mella en el grupo
de atrás. Aunque quedaban poco más
de 100 m. de desnivel, las dos
féminas del grupo y Antonio
decidimos quedarnos a esperar a que
el resto bajara, mientras Juan Mena
subió a la cima para avisarles de
que estábamos esperándolos. Al cabo
de un rato bajó el subgrupo que
había hecho cumbre, y todos juntos
emprendimos el descenso hasta la
piedra del Yunque.

Nuestra idea inicial era continuar
hacia la laguna de las Calderetas
para pernoctar allí, pero dado lo
avanzado de la hora, decidimos hacer
noche en unas corraletas que
encontramos unos 200 m. por encima
de la piedra del Yunque, junto a
unas grandes rocas.

En mi opinión mereció la pena el
cambio, pues desde aquella atalaya,
a los piés del Alcazaba, pudimos
divisar uno de lo atardeceres más
bonitos que se puede imaginar,
seguido de una inmensa luna llena
que pronto irrumpió en el horizonte.
En los valles de los ríos Trevélez y
Culo de Perro se habían quedado
aprisionadas unas nubes que parecían
un colchón para nuestros sueños
montañeros. Al otro lado de estos
valles, a lo lejos, se divisaban las
luces de los pueblos de la costa
granadina, y un poco más lejos, la
línea de costa de África.

El viento había cesado y la
temperatura era bastante agradable.
Cenamos, charlamos un rato y nos
metimos en los sacos, acurrucados
por la luna llena y el manto de
nubes prisioneras en los valles.
Como no podía ser de otra forma, a
eso de la una de la madrugada, un
zorro vino a intentar cenar a
nuestra costa. Fué Rafa Sancho quien
se encaró al animal, que sin mucho
desafío se marchó, dejándonos
desvelados al resto, no por miedo,
sino por el temor a encontrarnos a
la mañana siguiente con la mochila
destrozada o sin botas. Por si
acaso, una servidora protegió sus
pertenencias con unas grandes
piedras. El zorro no volvió a
aparecer, y el resto de la noche
transcurrió plácida y tranquila, sin
apenas viento, aunque con un
descenso de temperatura considerable
al amanecer.
Domingo 14 de
septiembre
A la mañana siguiente Vicky y Juan
Mena nos dieron una grata una
sorpresa: un lujo de desayuno en
aquellos parajes tan alejados del
“mundo”, consistente en unos cafés
que se calientan solos (como los que
venden en las gasolineras) y unas
pastas que sabían a gloria. ¡Un 10
para ellos!. Tras el desayuno y con
el sol ya un poquito alto,
comenzamos a caminar en suave
descenso por una media ladera, en la
parte baja de los impresionantes
Tajos del Goterón. Nuestra primera
meta era una bonita cascada que caía
hacia el barranco del Goterón. El
terreno era de piedra suelta pero se
caminaba con cierta comodidad. Una
vez alcanzada la cascada, en vez de
dirigirnos a la parte baja de las
lagunas de las Calderetas,
comenzamos a ascender en dirección a
un collado llamado Raspa de los
Acucaderos, dejando a la izquierda
la laguna del Goterón, que estaba
prácticamente seca. Una vez en lo
alto del collado, teníamos a
nuestros piés las lagunas de las
Calderetas, y a tiro de piedra el
Puntal de Calderetas (3.047 m.),
punto de comienzo de una crestería
que nos llevaría al Puntal de
Vacares (3.136 m.).


El ascenso hasta el Puntal de
Calderetas fué bastante sencillo, y
una vez allí, contemplamos un
paisaje realmente espectacular: El
estremecedor Puntal del Goterón,
guardián de la tenebrosa cara norte
del Alcazaba, más alejados, el
Veleta y el corral del Veleta, el
Cerro de los Machos, el barranco de
San Juan, que desemboca en la
espectacular Vereda de la Estrella,
Güejar Sierra en la lejanía, y la
loma del Calvario más a la derecha.
Lo más espectacular de la vertiente
norte de Sierra Nevada estaba a
nuestra vista. Comenzamos a crestear
en dirección nordeste, con las
lagunas de las Calderetas siempre a
nuestra derecha, y como sucede en
todas las cresterías, avanzábamos a
golpe de buena orientación e
intuición montañera, pues no había
ninguna vereda ni hitos. Nos fuimos
ayudando unos a otros, y con más
facilidad de lo que esperábamos
inicialmente, alcanzamos el Puntal
de Vacares, desde el cual observamos
una perspectiva totalmente distinta
de la sierra: el collado de Vacares,
su misteriosa laguna, y las cumbres
de algunos de los tresmiles
orientales de Sierra Nevada: Pico
del Cuervo, Pico de la Atalaya...


Sin entretenernos más que para las
fotos, comenzamos a descender hacia
la laguna de Vacares, por un terreno
pedregoso pero que ofrecía bastantes
facilidades para bajar, incluso una
marcada senda a partir de cierto
punto. La laguna de Vacares, que
desde arriba parecía poco más que un
charco, comenzó a mostrarse en toda
su plenitud. Sin lugar a dudas, es
la laguna más bella, la más
profunda, la más azul, la más
fascinante y la más diferente de
todas las de Sierra Nevada. Recuerda
bastante a los ibones pirenáicos.
Cuenta una leyenda que nació de las
lágrimas derramadas por la pena de
una joven princesa mora, condenada
por su padre a vivir en un lujoso
palacio construido en las cumbres de
la sierra, lejos de las tentaciones
de los hombres, y dicen que en el
fondo del lago está sumergido el
hermoso palacio.
Hicimos la parada para el almuerzo
en las orillas de tan idílico lago,
algunos aprovecharon para remojarse
los piés, y tras las fotos
artísticas de algunos retratistas y
las fotos de grupo con trípode y
disparador automático, emprendimos
el descenso en dirección al río
Juntillas, un afluente del río
Trevélez.


Descendimos por la Reguera de los
Caños, una serie de arroyos que
nacen en las chorreras de desagüe de
la laguna de Vacares. Un poco más
abajo, a estos arroyos se une el río
Juntillas, y forman la acequia de
Vacares, que va discurriendo por la
falda de la Loma Pelá en dirección
Este. A medida que fuimos avanzando,
dejamos a nuestras espaldas un
espléndido panorama: la
impresionante loma del Alcazaba, la
Cañada del Goterón, la Loma de
Vacares y la Reguera de los Caños...
Al mismo tiempo, el valle de
Trevélez comenzaba a aparecer tras
la loma del Alcazaba, con todo su
esplendor. Continuamos caminando por
la acequia de Vacares en dirección a
la unión del Río Juntillas con el
Río del Puerto, que baja del Puerto
de Trevélez, antigua vía pecuaria y
paso natural entre las comarcas del
Marquesado de Zenete y la Alpujarra.
La unión de estos dos ríos forma el
río Trevélez. Una vez alcanzada la
unión de los ríos, comenzamos a
descender por prados y cortijos de
piedra semiabandonados, que cada vez
nos acercaban más al cauce del río
Trevélez. Numerosas chorreras
provenientes de la vertiente
izquierda del río alimentaban su
inusualmente caudaloso cauce, para
ser finales de verano.


Alcanzado el cauce del río, solo
tuvimos que seguir la vereda que
unas veces por su parte derecha y la
mayor parte de las veces por la
izquierda (hay numerosos puentes que
lo cruzan), iban siguiéndolo
fielmente, permitiendo admirar la
belleza de sus innumerables saltos,
rápidos y cascadas. Es un río de
montaña, bravo, lleno de espuma y de
vida (y de truchas, aunque por ser
parque nacional no se puede pescar),
ruidoso y avasallador, pues grandes
tramos de la vereda estaban
encharcados por sus aguas, lo cual
nos obligó a ir sorteando estas
mini-lagunas que se formaban a los
lados del río.

Con las últimas luces de la tarde, y
realmente exhaustos, llegamos a
Trevélez. Teníamos la sensación de
haber estado media vida en la
montaña. Realmente la distancia
recorrida y el desnivel habían sido
tremendos, y el terreno a veces
difícil, pero la variedad de
paisajes, la inmensidad de las
cumbres y los valles, la sensación
de plenitud al recorrer parajes tan
solitarios y alejados de las rutas
“famosas” de Sierra Nevada, la
soledad y misteriosa belleza de las
lagunas de Calderetas y Vacares, la
bravura del río Trevélez, la
espectacularidad de las chorreras y
el precioso atardecer en la loma del
Alcazaba... solo estuvieron a la
alcance de quienes nos atrevimos a
desafiar el cansancio, la altitud y
las dificultades de la montaña:
Vicky Beltrán, Juan A. Mena, Rafa
Sancho, Antonio Sancho, Paco Leal,
José Antonio Montenegro, Jaime
Ramírez y una servidora, Magda la
Pimentonera de Águilas.
Fotos: Rafa Sancho y Magdalena Mayor
Crónica: Magdalena Mayor