Turismo rural y cultural en el Valle del Genal - Serrania de Ronda

Salidas del "Comando Preston" - Temporada 2005-2006


Descenso del río Turón, Episodio 1, desde La presa del Argentino hasta el "campamento hippie"
Fecha: 23 de abril de 2006

 

El parabrisas no daba a vasto cuando salíamos de Fuengirola a las 8,00 am. en dirección Ardales, sin duda se trataba de una de las mayores borrascas que hemos tenido encima en muchos meses y cualquiera a quien le dijeran adónde íbamos pensaría que estábamos locos. Pero ¿Qué importa la lluvia si la ruta es acuática y además vamos con neopreno?, ¡un aliciente mas para la aventura!.

 Jon “El Huracán de Sheffield” vatió un nuevo record de velocidad para poder llegar con pocos minutos de demora al punto de encuentro, junto a Sean “El Canadiense Herrante” y Juani. Allí nos esperaban: Iván de Granada, Juan Antonio de Málaga y Juan “El Coloso de Casarabonela”. Seis “Juanes” en total, bajo un cielo de tormenta, como si de una profecía se tratase. Para demorar lo menos posible el comienzo, mientras Jon, Sean y yo nos íbamos poniendo los trajes de neopreno entre bromas y risas. Iván, Juan Antonio y Juan se fueron con dos coches, para dejar uno de ellos en un punto avanzado de la ruta, y regresar con el otro a donde nos encontrábamos. En poco mas de un cuarto de hora ya estaban de regreso y juntos comenzamos a caminar bajo la lluvia, por la carretera en dirección a El Burgo, desde donde estaba prevista la salida, pero Juan (Casarabonela) se ha informado en los días previos y los primeros kilómetros de río, inmediatamente después a El Burgo están intransitables por enmarañados túneles de zarzas. Con lo cual tomamos como punto de partida “La Presa del Argentino”, por cuyas paredes suele bajar una espectacular cascada en época de abundantes lluvias. Aunque llovía copiosamente, no vimos tal prodigio de cascada, porque al fin y al cabo se trataba del primer día de lluvia, tras muchos días sin una sola gota.

  

 El Turón que nace al pie del Peñón de Ronda, nada mas meter un dedo en el agua te confirma que viene de “La Sierra de Las Nieves” pero el neopreno amortigua la sensación térmica y en unos instantes ya estamos perfectamente aclimatados. El primer tramo inmediatamente posterior a la presa, discurre por un amplio corredor por el que vamos nadando puesto que no hacemos pie hasta que llegamos a unos cañaverales, justo antes de llegar a los mismos, mientras íbamos nadando, me sorprendo al ver que me adelanta “un bocadillo de tortilla río abajo” y cuando miro para atrás me veo a “Juan Antonio” con cara de fastidio diciendo: “¡Que poca vergüenza la cajera del MERCADONA”... que me dijo que las bolsas eran impermeables.

  

  Después de los cañaverales comenzamos a encontrarnos con zonas cada vez mas intransitables debido a la enmarañadas zarzas que en ocasiones hacen prácticamente imposible continuar por el cauce del río. En una de las ocasiones por intentar esquivar un túnel de zarzas, avanzamos por un ramal paralelo al cauce principal que se terminó convirtiendo en una ratonera fangosa, donde nos hundíamos mas a cada paso que dábamos, superando la altura de las rodillas y no perdiendo las zapatillas de milagro. Finalmente, las circunstancias nos obligaron a adelantar uno 400 m. caminando por la carretera, parecemos “Los Hombres de Paco”, frente a nosotros tenemos la bonita Sierra de Alcaparaín parcialmente cubierta por las nubes. Hasta que por fín vemos en la distancia el primer claro por el que podemos volver a meternos en el cauce del río y llegamos a él campo través con los “Tajos de la Alhaja”  al fondo.

 Ya estamos otra vez en el agua, pero no tardamos en llegar a otras zonas enmarañadas, donde la profundidad no superaba en muchos casos el medio metro, obligándonos en algunos tramos de hasta 20 ó 30 metros (de longitud) a ir gateando literalmente, para esquivar las zarzas que nos van rozando la cabeza, al mismo tiempo que tenemos que esquivar todo tipo de rocas que no vemos hasta que las tocamos ó golpeamos porque el agua (residual de El Burgo) está totalmente enturbiada. En algunos casos estos tramos de 20 ó 30 metros que teníamos que atravesar gateando, nos llevaban entre 5 y 10 minutos en algunos casos, por lo que en los tramos donde el río nos daba una tregua intentábamos ganar el mayor tiempo posible. Poco a poco la ruta se convirtió en una especie de “Jinkana” donde el mejor preparado era Juan “Casarabonela”, no sólo por el tyraje enterizo de neopreno que alquiló días antes en la calle Ollerías (Málaga Centro), sino por su tremenda fortaleza física. De hecho fue nuestra punta de flecha la mayor parte del día.

  

 La comida la hicimos en un remanso del río, los botes estancos cumplieron a la perfección su labor de proteger nuestra comida, ó la cámara con la que se hicieron las fotos de esta jornada entre otras cosas. Una vez mas el compañerismo y el espíritu de camaradería hicieron que a nadie le faltara de nada. Y como siempre reinaron el buen humor y las carcajadas: muy especialmente cuando “Sean” nos sorprendió a todos sacando de su mochila el famoso polar rojo, totalmente chorreando y al preguntarle: “¿Pero como se te ha ocurrió traértelo CUÑAO?”, nos contesta: “¡Pués por si me entraba frío!”.

  

Mención especial merecen la gran ploriferación de flores silvestres a lo largo del cauce del Turón, mucho mas tratándose del mes de abril, algunas de las especies que vimos nos resultaron tan exóticas como hermosas. Tras el almuerzo, daba pereza volver a meterse en el agua, pero lo cierto es que habíamos avanzado muy poco desde el comienzo, dadas los numerosos tramos de dificultad, siendo todavía considerable, la distancia al Castillo de Turón. Mentalizados para avanzar lo mas rápidamente posible, nos pusimos en marcha avanzando por  un bonito bosquete de galería que convertía al cauce del río en un caleidoscopio de fantasía hasta que llegamos a un vado del río próximo a un cortijo, que quedaba a nuestra izquierda (tal y como íbamos aguas abajo…”Going down the river”).

  

 Un tramito mas de zarzas para no perder la costumbre y por fin llegamos a los restos de una vieja presa situada al pie del “Tajo de la Alhaja” cuya estructura original aún se conserva. Aunque la poca altura de la presa (unos 4 metros) invitaba al salto. Juan “Casarabonela” bajó con precaución por uno de los laterales, para explorar la profundidad que había en el salto facilitándole la labor al resto de los compañeros, que gracias a él pudieron saltar sin la desagradable sorpresa de encontrarse con una roca, un tronco o una viga de hierro. A partir de aquí, siempre en paralelo a la base del “Tajo de La Alhaja” (muy visitado para la práctica de escalada), disfrutamos de la parte mas bonita del descenso, dejándonos caer por pequeñas cascadas, sobre redondeadas rocas a modo de pequeño “Parque Acuático” con una sucesión de saltos y pozas para deleite y disfrute del personal.

 Pero ese tramo no supera los 100 m. de longitud desde la presa hasta que el cauce se adentra por otro túnel de vegetación que si bien, no parecía tan cerrado, me animaron a abandonar el cauce por su orilla izquierda: Iván y Juan Antonio, hartos ya de pinchazos tras casi 7 horas dentro del agua se vinieron conmigo. Mientras que Sean, Jon y Juan “Casarabonela” siguieron río abajo, hasta que unos 20 minutos mas tarde, a eso de las 17.00 horas, nos volvimos a juntar en una especie de “Campamento Hippie” que habían improvisado unos guiris con sus roulotes (y su gigantesca antena parabólica), escoltadas por una jauría de perros con cuello de toro, como si se tratara de los mismísimos “guardianes del infierno”. En este punto decidimos dejar para mejor ocasión el tramo que quedaba hasta el “Castillo de Turón” y mientras subíamos por el carril que nos llevaría hasta la explanada donde estaba aparcado el coche de avanzadilla, uno de los perros, salió corriendo detrás nuestra como “un toro” cuando sale a la plaza, escapándonos por los pelos.

  

  

Una vez junto al coche de avanzadilla, se observaban perfectamente los tres o cuatro kilómetros que nos separaban del Castillo, quedando pendiente este último tramo para una futura ocasión en la que esperamos no volver a encontrarnos con los perros.

Como dijo Jon Webster, cuando estábamos llegando a Fuengirola, a modo de conclusión: ha sido una experiencia aventurera muy interesante, pero olemos a fregona sucia y es que desgraciadamente el tratamiento de “las aguas residuales” (en este caso de El Burgo), sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes en nuestro país, respecto a la política de “gestión medio ambiental”.

Crónica y fotos: Juan Ignacio Amador.
 

  


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