Situación:
Al pie de laderas escarpadas
cubiertas de bosquetes de pinos, está el valle
del río Turón por el que bajan las aguas de la
Serranía desde Lifa y El Burgo. Y sobre el valle
como guardián de la historia se levantan las
ruinas del gran castillo del Turón, que en otro
tiempo vigilara el tránsito entre la Serranía y
el valle. Más allá de donde se levanta el
castillo, los cerros siguen dominando el
panorama, unas veces cubiertos de olivar, otras
de pinos y, allí donde hay, hondonadas de
cereal. Campos de cereal que dominan el norte
del municipio, donde no llegan las aguas del
embalse del Conde del Guadalhorce.

La Ruta:
A la hora prevista nos
encontramos en la placita del ayuntamiento de
Ardales, res de los componentes que participamos
en el 1er. Episodio, entre los que estábamos:
Iván, Jon y yo, y como estrella invitada,
nuestro ínclito amigo “Carlitos”, sin neopreno
ni mariconadas por el estilo, tan sólo su
camiseta naranja del “Comando Preston” como
bandera y defensa contra lasa zarzas y las
abundantes culebras acuáticas del Turón.
Como cualquier travesía, requiere
de una preparación previa, para dejar al menos
un coche en el final previsto de itinerario, con
lo cual, desde la Plaza del Ayuntamiento,
bajamos por la calle “Los Carros” directamente
hasta el puente romano de tres arcos, que cruza
el Turón al noroeste de la localidad y nada mas
atravesarlo pusimos el cuentakilómetros a cero,
cogiendo el carril de la izquierdea que discurre
paralelo al río, hasta detenerlo en el km. 3,5,
justo al pie del Cerro donde se encuentran las
ruinas arriba y desde donde podemos contemplar
el puentecillo de tablas, donde teníamos
previsto abandonar el cauce del Turón.
Retornamos a Ardales, para coger la carretera de
El Burgo, deteniéndonos en el km. 5,3 justamente
donde se encuentra la entrada de la finca “La
Rosuela”, el lugar donde finalizamos el 1er.
Episodio y que bautizamos como “El Campamento
Hippie” por las roulottes y los curiosos
artilugios que allí nos encontramos y donde una
jauría de “rot-wailers” estuvieron a punto de
darnos caza.
Cuando ya estábamos a punto de
entrar en la finca, intentando pasar
desapercibido para llegar al agua, antes de que
nos desgarraran los perros, el propietario de la
finca nos vió y nos prohibió el paso
rotundamente, proponiéndonos comenzar el
descenso unos 200 m. mas abajo, en lo que él
denominó un pequeño laguito, al que tardamos en
llegar mas de veinte minutos por lo inaccesible
que resultaba el cauce del Turón, dada la
abundante vegetación y los tuneles de zarzas que
lo envuelven, sin embargo, como no podía ser de
otra manera, fue: Jon Webster “El Huracán de
Sheffield” el que “abrió la lata” y siguiendo
sus pasos fuimos entrando en el cauce no sin
poder evitar algún pinchazo de las zarzas
traicioneras, mientras nos abríamos pasos por un
mar de tremendas adelfas. Y allí estábamos con
el agua al cuello, incluido “Carlitos” sin
neopreno, hasta que se acostumbró lo paso mal en
los primeros minutos, además de que el agua ya
estaba fría hasta con el “neopreno”, cada dos
por tres se le empañaban o salpicaban las gafas
y si se las quitaba no veía nada, pero poco a
poco se fue haciendo con el control de la
situación, en este que para él resulto ser su
bautizo en la modalidad de “rutas acuáticas”.

Afortunadamente, al contrario que
en la anterior ocasión, nos fuimos sorprendiendo
gratamente al comprobar que los tramos de zarzas
eran cada vez mas pequeños y los tramos de nado
y zonas despejadas cada vez mas claras. Sin
embargo, no pasó mucho tiempo hasta que
encontramos un lugar al pie de unas tremendas
rocas y la corriente se aceleraba repentinamente
dirigiéndose de golpe a una gran piedra, por
debajo de la cual seguía avanzando las aguas del
Turón, sin darte opción a rodear por izquierda o
derecha. Allí nos encontramos la cámara de una
rueda de tractor, que sabe Dios como llegaría
allí y lo que aún parecía mas difícil, “cómo
demonios” la pudo sacar Jon de allí, superando
toda la maleza que nos rodeaba, para rodear el
tremendo obstáculo que nos impedía continuar
aguas abajo, para retomar su cauce unos 50 m.
mas allá, donde por cierto, tuvimos que retornar
al río por una zona de trepada de cierta
dificultad que te obligaba finalmente a saltar
al agua, para regresar al cauce. El último en
saltar fue “Carlitos” que tuvo que entregarme
las gafas sin ver nada y con una tremenda
sensación de vértigo que se acentuaba conforme
iba pasando el tiempo y no se atrevía a dar el
salto. Aquí llegamos al punto álgido de la
jornada: Jon e Iván lloraban de risa mientras yo
le decía a Carlos: “Venga quillo, que mientras
mas tiempo tardes mas buitres van a venir a por
ti” en referencia a la pareja que nos
sobrevolaba en círculos en aquellos instantes,
mientras “Carlitos” cada vez mas agarrotado por
los nervios me decía: “¡Juani, por Dios!, que
cada vez veo esto mas alto”. Una vez en el agua,
se acabó la tensión y estuvimos jugando para ver
quien mantenía mas tiempo el equilibrio sobre la
rueda del tractor. Allí mismo empezaba el recodo
del río mas amplio que nos encontramos aquella
soleada jornada de domingo, el valle se abría
ante nosotros y en dirección sur aparecía
imponente el pico del “Grajo” (en su vertiente
norte), que sería nuestro telón de fondo durante
el resto de la jornada en dirección sur.


Pero nosotros seguíamos en
dirección “este” siempre por dentro de las aguas
del Turón, a veces nadando, a veces caminando y
otras tantas arrastrándonos para evitar los
pinchazos de las zarzas. Vimos numerosas
colonias de tortugas que iban saltando al agua
tal y como nos acercábamos, a punto estuvimos de
coger una de considerable tamaño, para la foto
científica de rigor, pero se me escapó por
escasos centímetros. Y como el que no quiere la
cosa, llegamos hasta “el puentecillo de tablas”,
una zona donde ya comenzaban a aparecer
numerosas casas de huertas a ambos lados del
río, desde allí, abandonamos el río por la
orilla norte, para alcanzar el carril donde se
encontraba el coche, que dejamos atrás en
nuestra ascensión hacia el cerro que ya teníamos
delante con las ruinas del castillo,
aparentemente cercanas, al comienzo la senda (de
cabras) que pasa junto a una casa es visible,
pero al poco tiempo sólo nuestra intuición, nos
permite llegar hasta la base de la peña, sobre
la cual se encuentran las ruinas, tal y como
teníamos la pared de frente ascendimos hacia la
izquierda por una zona de trepada, donde al poco
nos encontramos con una especie de corredor
rocoso, que nos lleva a la ante cumbre y desde
allí, accedimos por unos cortos pero duros
repechos, que nos recordaban al “Cerro
Montemayor de Benahavis”, a las ruinas de este
Castillo del Turón, a cuyos pies almorzamos
recreándonos la vista, hacia el este: Ardales,
al sur “El Grajo”, al oeste “Los Castillejos” al
nordeste “la campiña de Tebas” y al noroeste
“los pantanos del Conde del Guadalhorce, junto
con la Sierra del Huma”.

La Aventura de la Historia:
En aquella privilegiada atalaya,
testigo de mil batallas, charlamos de lo humano
y lo divino y de cómo puede llegar la decadencia
y la ruina a lugares que fueron testigos de
tanto esplendor, dentro y alrededor de sus
murallas…mucho se perdió entonces y pocos quedan
ya para recordarlo, la historia se convirtió en
leyenda y la leyenda en mito:
El
historiador romano Plinio, nos asegura en sus
crónicas que junto al castillo de Turón se
establecieron bástulos y celtíberos, en un
núcleo poblacional denominado, según Plinio,
Turobriga. Los romanos, por su parte,
construyeron el castillo de la Peña, alrededor
del cual fue perfilándose un incipiente trazado
urbano.

Pero
para que Ardales pudiera gozar de gran esplendor
como villa tuvo que esperarse al año 716, en el
que los musulmanes se la conquistaron a los
visigodos. A partir de entonces el pueblo se
denominó Ard-Allah, que significa tierra o
jardín de Dios, vasta con echar un rápido
vistazo para comprobar la gran fertilidad de sus
alrededores, ricos en ríos, manantiales y aguas
subterráneas, que alimentan las grandes
extensiones de olivares, hortalizas y
.abundantes fincas repletas de frutales, entre
los que destacan los naranjos y almendros que
llegan en muchos casos hasta las laderas de las
agrestes sierras que la circundan.
Al establecerse Omar Ben Hafsun
en Bobastro, a unos 8 kilómetros del actual
emplazamiento de Ardales, y fundar en rebeldía
su particular reino con el propósito de
desestabilizar el califato de Córdoba, la
localidad adquiere una gran importancia en el
siglo IX. En esa época, los castillos de Ardales,
Turón, Teba y Alora constituyeron la mejor
defensa de Bobastro y sus alrededores, cuyos
habitantes abrazaron la causa de Omar Ben Hafsun.
Después de continuadas batallas
entre musulmanes y cristianos por hacerse con
Ardales, el pueblo pasó a manos de éstos en 1389
durante el reinado de Juan I, en virtud del
Pacto de Ardales, que fue firmado por los dos
bandos en litigio.
Desgraciadamente en la actualidad
el estado de conservación del castillo es de
“RUINA PROGRESIVA” y desde estas líneas
aprovechamos para animar al Ayuntamiento de
Ardales, a promover una escuela taller, para la
conservación y reconstrucción de su rico
patrimonio histórico. Ningún ayuntamiento merece
ser gobernado, por aquellos que no saben cuidar,
valorar y conservar la riqueza de su patrimonio
histórico, artístico, monumental, paisajístico y
de cualquier otra índole de interés cultural.

Crónica: Juan Ignacio Amador