Turismo rural y cultural en el Valle del Genal - Serrania de Ronda

Salidas del "Comando Preston" - Temporada 2005-2006


Descenso del Turón, Episodio 2:
Desde la Finca “La Rosuela” hasta el puentecillo de tablas y ascenso a las ruinas
del Castillo Medieval de Turón

Domingo 7 de mayo 2006 


Situación:

Al pie de laderas escarpadas cubiertas de bosquetes de pinos, está el valle del río Turón por el que bajan las aguas de la Serranía desde Lifa y El Burgo. Y sobre el valle como guardián de la historia se levantan las ruinas del gran castillo del Turón, que en otro tiempo vigilara el tránsito entre la Serranía y el valle. Más allá de donde se levanta el castillo, los cerros siguen dominando el panorama, unas veces cubiertos de olivar, otras de pinos y, allí donde hay, hondonadas de cereal. Campos de cereal que dominan el norte del municipio, donde no llegan las aguas del embalse del Conde del Guadalhorce.

 

 

La Ruta:

 A la hora prevista nos encontramos en la placita del ayuntamiento de Ardales, res de los componentes que participamos en el 1er. Episodio, entre los que estábamos: Iván, Jon y yo, y como estrella invitada, nuestro ínclito amigo “Carlitos”, sin neopreno ni mariconadas por el estilo, tan sólo su camiseta naranja del “Comando Preston” como bandera y defensa contra lasa zarzas y las abundantes culebras acuáticas del Turón.

Como cualquier travesía, requiere de una preparación previa, para dejar al menos un coche en el final previsto de itinerario, con lo cual, desde la Plaza del Ayuntamiento, bajamos por la calle “Los Carros” directamente hasta el puente romano de tres arcos, que cruza el Turón al noroeste de la localidad y nada mas atravesarlo pusimos el cuentakilómetros a cero, cogiendo el carril de la izquierdea que discurre paralelo al río, hasta detenerlo en el km. 3,5, justo al pie del Cerro donde se encuentran las ruinas arriba y desde donde podemos contemplar el puentecillo de tablas, donde teníamos previsto abandonar el cauce del Turón. Retornamos a Ardales, para coger la carretera de El Burgo, deteniéndonos en el km. 5,3 justamente donde se encuentra la entrada de la finca “La Rosuela”, el lugar donde finalizamos el 1er. Episodio y que bautizamos como “El Campamento Hippie” por las roulottes y los curiosos artilugios que allí nos encontramos y donde una jauría de “rot-wailers” estuvieron a punto de darnos caza.

 Cuando ya estábamos a punto de entrar en la finca, intentando pasar desapercibido para llegar al agua, antes de que nos desgarraran los perros, el propietario de la finca nos vió y nos prohibió el paso rotundamente, proponiéndonos comenzar el descenso unos 200 m. mas abajo, en lo que él denominó un pequeño laguito, al que tardamos en llegar mas de veinte minutos por lo inaccesible que resultaba el cauce del Turón, dada la abundante vegetación y los tuneles de zarzas que lo envuelven, sin embargo, como no podía ser de otra manera, fue: Jon Webster “El Huracán de Sheffield” el que “abrió la lata” y siguiendo sus pasos fuimos entrando en el cauce no sin poder evitar algún pinchazo de las zarzas traicioneras, mientras nos abríamos pasos por un mar de tremendas adelfas. Y allí estábamos con el agua al cuello, incluido “Carlitos” sin neopreno, hasta que se acostumbró lo paso mal en los primeros minutos, además de que el agua ya estaba fría hasta con el “neopreno”, cada dos por tres se le empañaban o salpicaban las gafas y si se las quitaba no veía nada, pero poco a poco se fue haciendo con el control de la situación, en este que para él resulto ser su bautizo en la modalidad de “rutas acuáticas”.

 

 

Afortunadamente, al contrario que en la anterior ocasión, nos fuimos sorprendiendo gratamente al comprobar que los tramos de zarzas eran cada vez mas pequeños y los tramos de nado y zonas despejadas cada vez mas claras. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que encontramos un lugar al pie de unas tremendas rocas y la corriente se aceleraba repentinamente dirigiéndose de golpe a una gran piedra, por debajo de la cual seguía avanzando las aguas del Turón, sin darte opción a rodear por izquierda o derecha. Allí nos encontramos la cámara de una rueda de tractor, que sabe Dios como llegaría allí y lo que aún parecía mas difícil, “cómo demonios” la pudo sacar Jon de allí, superando toda la maleza que nos rodeaba, para rodear el tremendo obstáculo que nos impedía continuar aguas abajo, para  retomar su cauce unos 50 m. mas allá, donde por cierto, tuvimos que retornar al río por una zona de trepada de cierta dificultad que te obligaba finalmente a saltar al agua, para regresar al cauce. El último en saltar fue “Carlitos” que tuvo que entregarme las gafas sin ver nada y con una tremenda sensación de vértigo que se acentuaba conforme iba pasando el tiempo y no se atrevía a dar el salto. Aquí llegamos al punto álgido de la jornada: Jon e Iván lloraban de risa mientras yo le decía a Carlos: “Venga quillo, que mientras mas tiempo tardes mas buitres van a venir a por ti” en referencia a la pareja que nos sobrevolaba en círculos en aquellos instantes, mientras “Carlitos” cada vez mas agarrotado por los nervios me decía: “¡Juani, por Dios!, que cada vez veo esto mas alto”. Una vez en el agua, se acabó la tensión y estuvimos jugando para ver quien mantenía mas tiempo el equilibrio sobre la rueda del tractor. Allí mismo empezaba el recodo del río mas amplio que nos encontramos aquella soleada jornada de domingo, el valle se abría ante nosotros y en dirección sur aparecía imponente el pico del “Grajo” (en su vertiente norte), que sería nuestro telón de fondo durante el resto de la jornada en dirección sur.

  

 

 

 

Pero nosotros seguíamos en dirección “este” siempre por dentro de las aguas del Turón, a veces nadando, a veces caminando y otras tantas arrastrándonos para evitar los pinchazos de las zarzas. Vimos numerosas colonias de tortugas que iban saltando al agua tal y como nos acercábamos, a punto estuvimos de coger una de considerable tamaño, para la foto científica de rigor, pero se me escapó por escasos centímetros. Y como el que no quiere la cosa, llegamos hasta “el puentecillo de tablas”, una zona donde ya comenzaban a aparecer numerosas casas de huertas a ambos lados del río, desde allí, abandonamos el río por la orilla norte, para alcanzar el carril donde se encontraba el coche, que dejamos atrás en nuestra ascensión hacia el cerro que ya teníamos delante con las ruinas del castillo, aparentemente cercanas, al comienzo la senda (de cabras) que pasa junto a una casa es visible, pero al poco tiempo sólo nuestra intuición, nos permite llegar hasta la base de la peña, sobre la cual se encuentran las ruinas, tal y como teníamos la pared de frente ascendimos hacia la izquierda por una zona de trepada, donde al poco nos encontramos con una especie de corredor rocoso, que nos lleva a la ante cumbre y desde allí, accedimos por unos cortos pero duros repechos, que nos recordaban al “Cerro Montemayor de Benahavis”,  a las ruinas de este Castillo del Turón, a cuyos pies almorzamos recreándonos la vista, hacia el este: Ardales, al sur “El Grajo”, al oeste “Los Castillejos” al nordeste “la campiña de Tebas” y al noroeste “los pantanos del Conde del Guadalhorce, junto con la Sierra del Huma”.

       

 

La Aventura de la Historia:

En aquella privilegiada atalaya, testigo de mil batallas, charlamos de lo humano y lo divino y de cómo puede llegar la decadencia y la ruina a lugares que fueron testigos de tanto esplendor, dentro y alrededor de sus murallas…mucho se perdió entonces y pocos quedan ya para recordarlo, la historia se convirtió en  leyenda y la leyenda en mito: El historiador romano Plinio, nos asegura en sus crónicas que junto al castillo de Turón se establecieron bástulos y celtíberos, en un núcleo poblacional denominado, según Plinio, Turobriga. Los romanos, por su parte, construyeron el castillo de la Peña, alrededor del cual fue perfilándose un incipiente trazado urbano.

  

Pero para que Ardales pudiera gozar de gran esplendor como villa tuvo que esperarse al año 716, en el que los musulmanes se la conquistaron a los visigodos. A partir de entonces el pueblo se denominó Ard-Allah, que significa tierra o jardín de Dios, vasta con echar un rápido vistazo para comprobar la gran fertilidad de sus alrededores, ricos en ríos, manantiales y aguas subterráneas, que alimentan las grandes extensiones de olivares, hortalizas y .abundantes fincas repletas de frutales, entre los que destacan los naranjos y almendros que llegan en muchos casos hasta las laderas de las agrestes sierras que la circundan.

Al establecerse Omar Ben Hafsun en Bobastro, a unos 8 kilómetros del actual emplazamiento de Ardales, y fundar en rebeldía su particular reino con el propósito de desestabilizar el califato de Córdoba, la localidad adquiere una gran importancia en el siglo IX. En esa época, los castillos de Ardales, Turón, Teba y Alora constituyeron la mejor defensa de Bobastro y sus alrededores, cuyos habitantes abrazaron la causa de Omar Ben Hafsun.

Después de continuadas batallas entre musulmanes y cristianos por hacerse con Ardales, el pueblo pasó a manos de éstos en 1389 durante el reinado de Juan I, en virtud del Pacto de Ardales, que fue firmado por los dos bandos en litigio.

Desgraciadamente en la actualidad el estado de conservación del castillo es de “RUINA PROGRESIVA” y desde estas líneas aprovechamos para animar al Ayuntamiento de Ardales, a promover una escuela taller, para la conservación y reconstrucción de su rico patrimonio histórico. Ningún ayuntamiento merece ser gobernado, por aquellos que no saben cuidar, valorar y conservar la riqueza de su patrimonio histórico, artístico, monumental, paisajístico y de cualquier otra índole de interés cultural.

          

Crónica: Juan Ignacio Amador

  


 © Asociación Senderista Pasos Largos (Ronda), 2001-2006 (www.pasoslargos.com)
© Todos los textos e imágenes son propiedad de sus autores. Prohibida su reproducción

¿Quiénes somos? | Aviso legal y Condiciones de Uso | Webmaster
 

                          [ Inicio | Libro de Visitas | Actividades | Rutas | Meteorología ]