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La salida internacional de Pasos Largos como
ya se viene haciendo desde hace
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algunos años tiene como destino Chefchaouen,
una pequeña ciudad capital de
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provincia, que es origen ideal para rutas a
pie por el valle del Rif, donde crecen los
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pinsapos hermanos de los que viven en la
Sierra de las Nieves y Grazalema.
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Y no solo los pinsapos tienen en común esta
parte de Marruecos y Andalucía, ya que
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viendo Chaouen desde lejos podríamos pensar
que se trata de uno de los pueblos
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blancos de la Serranía de Ronda. De hecho
esta ciudad está hermanada con Ronda.
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Pero nada más llegar nos damos cuenta de su
carácter árabe, donde hombres y
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mujeres visten con atuendos típicos y pasean
por las calles estrechas y pintadas de
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azul, el color de esta ciudad, o al menos de
su medina.
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Primer día. jueves 12 de octubre de 2006
Ronda – Chefchaouen
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Si es verdad el dicho de que a quien madruga
Dios le ayuda, mucho nos tuvo que
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ayudar a los valientes que emprendimos el
viaje aquel día del Pilar ya que tuvimos la
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ocasión y el privilegio de ver el amanecer
en medio del estrecho, camino de Ceuta. Y
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para ello hay que levantarse muy tempranito.
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Los amigos que compartimos este viaje,
muchos de nosotros no nos conocíamos en
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persona, fueron Rafa Cordero, Rafa Ríos y
Ángeles desde Ronda; Pablo y Cristina
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desde Sevilla; desde Puente Genil nuestro
amigo Héctor; desde Jerez de la Frontera,
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Lorenzo y desde Málaga Miguel y Patri. Al
volante de la furgoneta el experimentado
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Rafa Ríos que nos llevó de maravilla por
aquellas tierras marroquíes, donde pudimos
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comprobar que conducir no es igual que en
España, sino que requiere algo más de
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maestría y por que no decirlo valentía.
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Desde el barco pudimos disfrutar de un
amanecer diferente con el mar de
protagonista
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y el Yebel Musa coronado por unas densas
nubes, reflejando los rayos de sol más
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precoces del día. El paso del estrecho fue
muy rápido y en apenas una hora
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estábamos en Ceuta camino de la frontera.
Con el sol calentando el ambiente
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llegamos a la frontera donde nos
sorprendieron los olores tan característicos
de
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Marruecos, un olor a tierra diferente que,
sin duda precede a la explosión de olores en
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las ciudades: canela, especias, té, guisos y
otros que no sabemos identificar, pero que
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agradan al visitante.
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Después de más de una hora de espera,
trámites y papeleos nos dan paso al país de
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los contrastes. Nos dirigimos hacia
Chefchauoen pasando por Tetuán. Nos
sorprende
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la cantidad de urbanizaciones que se han
construido en toda la línea costera, y nos
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preocupa que pueda seguir el mismo ejemplo
que la costa andaluza donde las
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urbanizaciones crecen como setas alimentando
la especulación inmobiliaria en
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creciente desarrollo, en detrimento de los
parajes naturales cada vez más reducidos.
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A lo largo de nuestro viaje hacia Chaouen
observamos que la vegetación es muy
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abundante debido seguramente a las lluvias
que han caído recientemente en la zona.
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También pudimos comprobar cómo conducen en
Marruecos, con mucha personalidad
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y algo de locura, aunque hay que reconocer
que Rafa Ríos supo manejar los
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arranques de algún que otro coche con mucha
seguridad. Se nota que es un
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conductor experimentado y se divierte al
volante.
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Chaouen, donde la prisa mata
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Llegamos a Chaouen por la mañana con tiempo
para disfrutar de la medina, sus calles
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y tomar contacto con sus gentes, el regateo,
las tiendas de productos tradicionales,
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sus ya comentados olores característicos,
sus sabores, su luz. Desde el aparcamiento
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del Parador donde dejamos la furgoneta nos
encaminamos a nuestra pensión. La
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pensión Barcelona
está en plena medina muy cerca de la plaza
principal. Es un
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edificio precioso y modesto, muy austero
pero limpio y con todo lo necesario para
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pasar tres días. Esta decorada con fotos del
FC Barcelona y una de las primeras
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preguntas que nos hacen al llegar está
relacionada con el fútbol: ¿Del Madrid o del
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Barcelona? Nos enseñan dos habitaciones con
cuatro y cinco camas cada una, sin
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adornos, pequeñas y limpias, paredes
pintadas de azul y mantas de lana hechas
allí.
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El baño lo tenemos que compartir por
plantas. La impresión es buena y más aún
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cuando subimos a la pequeña terraza desde
donde se puede ver la plaza y las
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montañas que rodean la ciudad. Después de
dejar los bultos en la pensión, Rafa
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Cordero que ya conoce la zona nos lleva a
ver Casa Hassan, un hotel situado frente a
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nuestra pensión que está decorado con muy
buen gusto. Aunque solo vemos el
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recibidor nos hacemos una idea de cómo
pueden ser las habitaciones.
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Como estamos en plena medina y aún queda
algo de tiempo para el almuerzo
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aprovechamos para dar una vuelta y echar un
vistazo a las tiendas de artesanía que
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se agolpan por las calles y plazas de
Chaouen. Productos típicos como babuchas,
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mantas, alfombras y colchas, teteras y
vasitos decorados, fósiles y elementos muy
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variados se exponen en las calles esperando
llamar la atención de los turistas. Es
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entonces cuando nos damos cuenta de que el
hecho de comprar no es igual que en la
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cultura occidental; los vendedores inician
conversación para contarte cómo están
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hechas sus piezas, te invitan a pasar a sus
tiendas “sólo para ver”, aunque en cuanto
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te fijas lo mínimo en cualquier objeto, te
hacen una oferta, con el consiguiente
regateo,
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algo a lo que no estamos muy acostumbrados.
Normalmente las conversaciones entre
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vendedor y comprador se suelen alargar
bastante, con lo que el hecho de comprar es
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algo más cansado que en nuestras ciudades,
teniendo en cuenta que el vendedor
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espera que entres en el juego del regateo.
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Llega la hora del almuerzo, al menos para
nosotros. Son las tres hora española, dos
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horas menos en Marruecos. Entramos en el
restaurante de la pensión Alkasbah justo
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enfrente de nuestra pensión, donde nos
ofrecen una carta típicamente marroquí: cous
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cous, pastilla, tayín y otras
especialidades. La cocina marroquí es muy
sabrosa,
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bastante especiada, elaborada y variada,
aunque en los restaurantes suelen ofrecer
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más o menos los mismos platos por ser los
más típicos y fáciles de preparar. El
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almuerzo es bastante abundante, coronado por
postres caseros: yogurt, tarta de limón
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y pastas variadas. El restaurante nos invita
al tradicional té con hierbabuena, muy
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azucarado, aunque hay que tener en cuenta
que los marroquíes no suelen tomar té
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después de comer sino en otras ocasiones
como para desayunar o antes de las
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comidas.
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Después del almuerzo algunos deciden
descansar un rato en la pensión, el madrugón
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está haciendo efecto y no viene mal una
siestecita, sin embargo otros preferimos
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caminar por la medina y hacer algunas
compras. En la plaza tenemos el primer
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encuentro con un comerciante que vende
teteras y vasos decorados, al que después
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de una larga conversación compramos una
docena de vasos y una tetera. Como buen
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comerciante nos ofrece un precio inicial
esperando que propongamos un precio más
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bajo hasta llegar a una cantidad buena para
ambas partes. Una vez que hemos
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cerrado el trato, nos manda a la tienda de
su hermano contigua a la suya, que vende
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lámparas de metal, pero no nos interesa la
mercancía. Vemos otras cosas que nos
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interesa comprar como unos fósiles, aunque
por el momento no haremos ninguna
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compra más.
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Las calles de Chaouen son muy estrechas, la
gente pinta las fachadas de sus casas
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de azul, la estructura de la medina es
laberíntica, por lo que no es difícil
despistarse un
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poco. Basta con preguntar a cualquier
comerciante por la plaza y desde allí es
fácil
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situarse de nuevo. Al atardecer la actividad
de la medina se relaja, la mayoría de los
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comercios cierran sus puertas y hay menos
tránsito de gente. Estamos en pleno
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Ramadán, y al entrar la noche los musulmanes
se reúnen con la familia y rompen el
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ayuno con unos zumos, dulces, té y otros
alimentos. Durante al menos una hora cesa
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el traqueteo de gente por las calles. En ese
momento el grupo que se había
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dispersado, unos haciendo compras, otros
descansando, paseando, etc., se reúne en
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una terraza que permanece abierta en la
plaza, donde aprovechamos para tomar un té
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o unos zumos de fruta y la típica cachimba
con tabaco afrutado y suave, mientras
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intercambiamos nuestras experiencias con el
regateo y contamos algún que otro
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chiste. Poco a poco la vida de la medina se
recupera y el murmullo de los comercios
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vuelve a invadir el aire de Chaouen al menos
hasta la una de la madrugada. Algunos
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deciden cenar en el restaurante Aladín
también muy cerca de la pensión; a los que
no
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hemos descansado nos vence el sueño y
volvemos a la pequeña pensión.
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Segundo día.viernes 13 de octubre de 2006 Un
pequeño paseo con Mohamed
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La noche en Chaouen es tranquila y
silenciosa, si acaso sólo hemos notado el
sonido
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de algunos animales en mitad de la noche. A
las seis de la mañana ya es pleno día
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pero aunque nuestra costumbre nos haga abrir
los ojos pronto tenemos que esperar a
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que Chaouen despierte. Más o menos sobre las
nueve nos pondrán el desayuno en la
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pensión. Demasiado tiempo para esperar,
salimos a pasear por la parte nueva de la
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ciudad, fuera de la medina, donde los
camiones de reparto hacen su trabajo
matutino y
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algunos niños se dirigen a los colegios.
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En Chaouen tenemos la sensación de que
siempre hay niños dirigiéndose al colegio,
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lo que nos llama la atención. Esto se debe a
que los niños acuden por turnos al
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colegio, ya que los pocos que existen se han
quedado pequeños para tantos niños.
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Aunque en las zonas de aldeas alejadas de
las ciudades hay un índice de escolaridad
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muy bajo debido a que los niños tienen que
trabajar en sus casas y como pastores,
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cada vez más niños van al colegio, y esto
unido a los pocos recursos que destina
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Marruecos a la educación, hace que hayan
ideado este sistema por turnos.
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Volvemos a la pensión donde ya nos tienen
preparado el desayuno, y Rafa Cordero
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nos dice que Rashid el guía que nos iba a
atender no puede acudir a la cita por estar
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trabajando como profesor, pero en su lugar
vendrá su hermano Mohamed. A pesar de
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las ganas que tenemos de ver los pinsapos y
las montañas de la zona, aún tendremos
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que esperar un día más para la aventura ya
que Mohamed, que sigue a rajatabla el
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Ramadán, nos convence para dar un paseo por
un lugar distinto al que teníamos
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pensado. En realidad resultó algo
decepcionante porque dimos un corto paseo de
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apenas dos horas por una zona de poca sombra
y con mucho calor con pocas
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explicaciones por parte de nuestro guía. Al
menos nos sirvió de entrenamiento para el
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día siguiente. En una de las paradas a la
sombra de un árbol, algunos niños se
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acercaron para curiosear y Mohamed nos dijo
que podíamos darles comida, ya que los
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niños no tienen la obligación de seguir el
Ramadán. Unos dátiles, castañas, chocolate
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y otras viandas sirvieron para despertar su
sonrisa.
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El “kifi”
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Otra curiosidad del rato que estuvimos con
Mohamed fue aprender los distintos
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nombres que dan al hachís: desde los típicos
“bellota”, “costo”, “grifa” hasta otros más
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imaginativos como “veneno”, “madame
tranquila”, “música de cabeza”. Es muy usual
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en Chaouen que te ofrezcan por la calle
hachís. Y es que en el valle del Rif abundan
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los cultivos de cáñamo, cuyas hojas
conocidas bajo el nombre de “kifi” las fuma
la
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población local en unas pequeñas pipas. Del
polen de sus flores se extrae el hachís.
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Aunque el estado tolera hasta cierto punto
este cultivo, que es la forma de vida de
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muchos habitantes del Rif, la ley marroquí
es tajante: está penalizada la venta, pero
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también el consumo y la tenencia por pequeña
que sea la cantidad. Si en algunos
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casos la policía hace la vista gorda en
otros es implacable y centenares de
españoles
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han pasado por cárceles marroquíes por este
motivo
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Después de despedirnos de Mohamed nos
convencimos de que lo mejor llegaría
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mañana y decidimos aprovechar el día para
pasear por la medina y hacer algunas
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compras. Conocimos a Abdul, un vendedor de
alfombras, mantas y otros tejidos que
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nos explicó algunas cosas de la fabricación
artesana de estos productos. Aquí fue
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cuando nos dimos cuenta de que en Chaouen no
solo el dinero sirve para comprar.
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Abdul se interesaba por relojes, móviles y
otros elementos de occidente. “Cosas
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modernas, las últimas tecnologías”.
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Tercer día.sábado 14 de octubre de 2006
Pinsapos en los valles del Riff
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El nuevo día nos depara emociones fuertes.
Esta vez sin guía local salimos en la
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furgoneta para dirigirnos a uno de los
valles del Riff, inicio de la ruta de los
pinsapos.
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Salimos temprano, no esperamos el desayuno
en la pensión. El plan inicial era dividir
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el día en dos partes: por la mañana
subiríamos a ver los pinsapos que crecen en
estas
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tierras y por la tarde nos encaminaríamos a
ver unas cataratas y gargantas. Pero la
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caminata para ver los pinsapos se alargó
debido al calor y a que no teníamos
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referencia de la distancia a recorrer
exactamente. Rafa Ríos y su mujer Ángeles se
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quedaron esperando en la furgoneta hasta
nuestra vuelta para dirigirnos a la segunda
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parte de los planes, pero desafortunadamente
nuestra ruta se alargó demasiado y nos
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cayó la noche para mal rato de ellos que
tuvieron que esperar allí hasta nuestra
vuelta.
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Imagino que la espera se les haría eterna y
más cuando supimos que habían sido
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constantemente bombardeados por muchos
vendedores que pasaban por allí y se
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paraban al pie de la furgoneta.
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Desde que salimos a caminar la ruta
discurría en constante ascenso y el calor
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apretaba, lo que hacía que nuestra marcha
fuera más lenta y tuviéramos que parar a
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descansar más de lo que hubiéramos deseado.
Pasamos al pie de dos pequeñas
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aldeas bastante alejadas de la carretera.
Los niños curioseaban a nuestras espaldas y
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nos seguían cuchicheando hasta que se
cansaban o algún adulto les reprobaba. La
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vida en las aldeas es tranquila y transcurre
sin sobresaltos, algunos pastores llevaban
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a sus rebaños y en algunas casas se oía un
martilleo constante, que según Pablo
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pertenecía al proceso de elaboración del
hachís, que se cultiva en estas tierras.
Desde
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luego pudimos comprobar la existencia de
estos cultivos en grandes extensiones a lo
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largo de todo el valle.
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En un momento dado comenzamos a ver los
pinsapos en lo alto de un collado que no
-
parecía muy lejano, aunque luego comprobamos
que estaba más lejos de lo que
-
parecía. Al ver que se alargaba la ruta
intentamos establecer comunicación con Rafa
y
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Ángeles para avisar de esta circunstancia a
través de un walkie talkie, pero la
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comunicación era mala y no logramos
comunicarnos correctamente. La luna, en
cuarto
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menguante, adornaba la vista de los pinsapos
cada vez más cerca, hasta que por fin
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llegamos a los primeros, más pequeños. Al
llegar al collado era ya tarde y aún no
-
habíamos comido. Almorzamos y descansamos
unos minutos y comenzamos a bajar,
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no sin antes abrazar a un gran ejemplar que
nos había servido de sombra. Hicieron
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falta tres personas para rodearlo por
completo. Llegamos abajo ya de noche y nos
-
encaminamos a Chaouen.