El
día amanecio gris y nublado, una
fina capa de lluvia caía sobre la
Serranía a primeras horas de la
mañana, aunque la evolución del
tiempo fue a mejor y a las 12 h de
la mañana, las nubes dejaron paso a
unos incipientes rayos de sol, que
unido a la alegría de
la chiquillería participante,
terminaron por iluminar la jornada
que se nos avecinaba. Partimos de
Alpandeire por el carril de los
Huertos, a nuestra derecha quedaba
el ruinoso lavadero municipal y la
fuente del Bardillo. El Pozanco,
esta vez no expulsa agua, a pesar de
que en los últimos días ha llovido
con abundancia en la zona. Pronto
nos encajamos en el Llano de la
Cuna, desde donde tomamos el sendero
que no llevará a los Huertos. Los
castaños ya no tienen hojas y los
quejigos, por contra, juegan con la
hojarasca y los mugos a crear una
sinfonía de colores invernales de
gran belleza. Atras queda la fuente
del Foncal y el camino, algo
embarrado, nos apresta a pisar con
cuidado. Lastima que los huertos de
este travertino esten abandonados,
no obstante la belleza del lugar es
incuestionable, surgiendo por
doquier, naranjales, choperas,
encinas y un sin fin de arbustos y
plantas. Pasamos por los Areneros y
afrontamos la subida por el camino
del Bartaga, empedrado en algunos
tramos. El Puerto de la Era del
Puerto nos brinda magníficas
panorámicas al Valle del Genal,
especialmente a los pueblos situados
en la margen derecha del río Genal,
protegidos por la Dorsal, que los
separa del Valle del Guadiaro.
Afluimos a la pista inicial y ante
nosotros aparece una vista general
del aglutinado casco urbano de
Alpandeire, del que sobresale su
enorme iglesia, conocida como la
catedral de la Serranía. Un paseo
por el pueblo, visitando la casa de
Fray Leopoldo y alguno de sus
rincones más típicos, dan pie a una
merecida cerveza en el bar de Jesus,
Hotel la Casa Grande. Despedida y
augurios para próximas aventuras.