El día 12 de
mayo de 2007, sábado para más
señas, amaneció con un cielo
azul intenso, mecido por una
inapreciable brisa de
poniente, lo que nos auguraba
paisajes y horizontes
inmensos. Como en toda gran
ocasión, se respiraba un
ambiente cargado de emoción,
la típica de las grandes
ocasiones, y es que no era
para menos, nos esperaba una
dura jornada montañera en la
que atravesaríamos de una
punta a otra uno de los
espacios naturales más
singulares del Sur peninsular:
La Sierra de las Nieves.
A pesar de
coincidir con la prestigiosa
prueba de los 101 km de la
Legión, en la que por cierto,
participaron un buen número de
Pasos Largos; 33 senderistas
nos dimos cita en la estación
de autobuses de Ronda para
dirigirnos al área recreativa
de Quejigales, punto de
partida de esta nueva
aventura.
Son las 9,45 h cuando
iniciamos la marcha buscando
el puerto de los Quejigales, a
nuestra derecha quedaba el
sendero de uso público que se
dirige al pico Torrecilla
(1.919 m), máxima altura de
Andalucía occidental. Estamos
bordeando el macizo de la
Sierra de la Nieve, llamada
así en alusión al desaparecido
negocio de los neveros; aunque
ahora son los viejos
pinsapares rondeños, asentados
en las cañadas que se
desprenden de la zona de
cumbres, los que llaman
nuestra atención. La fuente de
Molina es suficiente excusa
para hacer una paradita a la
par que descubrimos en la
margen contraria, una placa
que homenajea a Francisco
Molina, primer guarda de los
que fueron montes de propios
de Ronda "Monte El Pinsapar",
cedidos al estado en
condonación de una deuda
municipal; posteriormente
pasaron a ser gestionados por
la Junta de Andalucía. Tras el
monolito y placa, aún son
visibles los amontonamientos
de piedras que antaño formaron
la choza de Frasquito, como
cariñosamente era conocido.
Prosigue la
marcha hasta Los Coloraillos,
lugar privilegiado a modo de
balcón natural, con excelentes
vistas, y acolchado por un
manto verde que invita a
sentarse, cosa que hicimos
para tomar el desayuno. Pronto
nos adentramos en las
fragosidades del pinsapar de
los Hoyos de la Caridad,
siendo testigos de nuestra
presencia los retorcidos y
enormes pinsapos que
proliferan por doquier. La
cueva Oscura o del Manijero
precede al vertiginoso tajo
del Canalizo y su refrescante
fuente, donde una nueva parada
anima a tomar fuerzas para
superar el desnivel más
importante de la jornada.
Tras varios zigzagueos
alcanzamos el puerto del
Canalizo (1.560 m), punto más
alto del recorrido, el cual
nos abre nuevas perspectivas a
la sierra, sobre todo a la
cañada de las Ánimas, cubierta
por un espeso pinsapar que
escala hasta la casi la
mismísima cumbre de Cerro Alto
(1.804 m). Desde este punto se
retoma el sendero que rodea el
Cerro Alto de Yunquera o La
Peñilla (1.685 m); otro, por
el contrario, sube por la
Cuesta de la Lastra hasta la
base del Peñón de Enamorados
(1.780 m). En los siguientes
tramos andamos por una trocha
algo indefinida, teniendo a
vista de pájaro el
inconfundible Peñón de Ronda
(1.289). La presencia unos
pequeños rodales de pinsapos,
nos advierte de la cercanía
del puerto del Hornillo, el
cual alcanzamos sin mayor
problema. En este punto nos
reagrupamos, mientras
observamos a nuestra derecha
el Anden de la Cuchara y la
suave silueta del cerro del
Cuco, por donde discurre el
sendero que baja al Puerto del
Saucillo. A nuestros pies se
alarga la loma de la
Chaparrera, que es recorrida
por un sendero que se
desprende a la izquierda
atravesando el conocido
pinsapar de Cubero, por la
otra ladera desciende la
vereda que vamos a tomar y que
nos llevará a recorrer la
cañada de la Cuesta de los
Hornillos, conocida en la
cabecera como cañada de
Bellina.
Casi sin darnos
cuenta nos adentramos en un
joven, y es que los abetales
yunqueranos, masacrados
sistemáticamente durante
siglos, comienzan a recuperar
unos terrenos que jamás
debieron perder.
El siguiente
hito es la confluencia con el
sendero del Puerto de Bellina,
pero antes admiraremos uno de
los pinsapos del catálogo de
árboles notables de Málaga, el
conocido como Moreno. Al fondo
ya se atisba el Tajo de
Alberca o de los Artilleros,
donde hace años anidó el
alimoche, sin embargo, sobre
altos riscales se yerguen un
par de figuras humanas,
enfundadas ambas en una
elástica naranja que no nos es
del todo desconocida; ¡¡
albricias, cierto es!!
Nuestros compañeros Juani y
Sean nos observan desde tan
privilegiada atalaya
haciéndonos propensos saludos
que recibimos con gran alegría
y alborozo. Cuando parece que
el grupo está al completo,
vemos aparecer entre los
cedros y pinsapos a Ramón,
amigo montañero de Écija, que
se une a la gran comitiva.
Tras los abrazos y saludos de
rigor emprendemos la marcha
cruzando la cañada de la
Cuesta de los Hornillos, por
la zona denominada: la Roaera
de la Manchón. Tras
adentrarnos por momentos en el
pinsapar de Cubero, tomamos
una bifurcación a la derecha
que nos conduce al puerto de
las Camaretas, custodiado por
su cerro homónimo de (1.285
m). Otro breve descenso nos
conduce al lecho de la cañada,
siendo visible el tajo de
Alberca en toda su salvaje
magnificencia. Metros después
sorteamos una de las paredes
del tajo a través la Colaílla
o la Pasadilla, para
introducirnos en el pinsapar
de la Chaparrera. Casi sin
darnos cuenta y con el hambre
haciendo mella en los
estómagos, dejamos en un
margen del camino la fuente de
la Chaparrera y el sendero que
se desprende hacia el puerto
del Pilón de las Tres Puertas
y Puerto del Saucillo. La
cueva del Agua nos recibe con
su fuente de agua algo
paupérrima, dado el triste
hilillo que fluye, y la sombra
que proporciona esta enorme
oquedad, que fue hasta fechas
recientes el habitáculo
perfecto para un vivero
forestal. Ni dicho, ni hecho,
todos callados y a comer, que
es hora.
Hemos cubierto la mitad el
recorrido, los cuerpos
serranos están algo cansados y
el calor, más de la deseable,
se hace notar. Nos cubrimos de
ánimo y valor y retornamos al
camino. Descendemos por la
pista forestal durante unos
metros, atrás dejamos las
instalaciones del vivero y
poco tiempo después tomamos un
sendero a nuestra izquierda
que nos lleva rápidamente al
puerto de la Paloma. Cambiamos
de vertiente y una vez más nos
encaminamos a la cañada de la
Cuesta de los Hornillo,
conocida en este tramo como
Barranco del Monje. El
descenso entre la sombra de
los pinares es trepidante y
desembocamos en un sendero,
que forma parte del GR-243
Sierra de las Nieves, un
recorrido al que le quedan
algunos cabos por atar, pero
señalizado en su totalidad,
cuyo diseño y ejecución llevó
a cabo nuestra asociación
durante estos últimos años;
esperemos verlo muy pronto
homologado. Cruzamos otra vez
la cañada y emprendemos una
corta pero pina subida hasta
el puerto de Huarte, donde se
impone una parada para retomar
fuerzas y reagruparnos.
Estamos dando vistas a la
cañada de la Encina, desde
aquí oteamos el cerro de las
Camaretas, con un perfil mucho
más agreste del que vimos
antes, y en el otro margen de
la cañada nos sorprenden unos
altivos picachos llamados en
su conjunto como el Filar de
los Ermitaños, bajo éstos y a
modo de jardín queda una
parcela de frutales, sobre
todo de cerezos, que rodean un
rancho incrustado en la roca,
aunque no es visible desde
nuestra posición, conocido
como Casa de Huarte.
Soportando como podemos las
altas temperaturas, reanudamos
la marcha, sorteando algunas
bocas de minas debidamente
cerradas por mallas metálicas,
ya que son bastantes
profundas. Según las fuentes
consultadas, fueron de galena
antimonial, aunque tampoco fue
desdeñable la producción de
estaño, que se hacia llevar en
caballerías hasta la fábrica
de hojalata de Júzcar, todo
esto en tiempos de Felipe V,
hace años ya. Dado que no
íbamos muy bien de tiempo,
desistimos de visitar sus
interesantes altos hornos,
para otra ocasión será. Tras
caminar un buen rato por el
mismo lecho de la cañada,
subimos la pequeña pero dura
rampa que da acceso al área
recreativa de los Sauces,
lugar elegido para tomar un
bocado y llenar nuestras
cantimploras. Por suerte,
nuestro compañero Rafa Ríos,
reciente operado de su
maltrecha rodilla, se desplazó
en su furgoneta hasta el
lugar, para asistirnos con
unas garrafas de agua y llevar
a quien se sintiera
indispuesto. Con toda la
tristeza y pena del mundo, el
indomable y carismático Juani,
todo pundonor y corazón,
decidió regresar con Rafa, los
fuertes dolores en su talón le
privaron de continuar con el
grupo, pero persona tan grande
y buena como el no podía irse
así sin más, así que con el
buen humor que le caracteriza,
amenizó los tramos que andamos
por el carril hasta el puerto
de la Mujer, radiando a modo
de Vuelta Ciclista a España y
con un estilo que ya quisieran
los Prats, las incidencias del
trayecto. La Dulce Celia y
Darío el Magnífico acompañaron
a nuestro Comandante en el
viaje motorizado. El grupo
retomó el camino hasta el
mencionado puerto de la Mujer,
antes pudimos refrescarnos en
las limpias aguas del arroyo
de la Fuensanta. Después
obviamos el carril que se
dirige al área recreativa de
la Fuensanta y comenzamos a
subir por la pista que nos
conduciría al antes mencionado
puerto de la Mujer.
Aquí se produce otro de los
momentos emotivos de la
jornada, ya que las 14 mujeres
de la expedición se
fotografían junto al mosaico
que señala este hito del
camino. Abandonamos el carril
y de nuevo vamos a un sendero
de uso público, esta vez el
que viene de El Burgo
discurriendo por las lomas que
separan al río de El Burgo o
Turón del arroyo de la
Fuensanta, afluente de este
último.
El Burgo ya aparece en
lontananza, lo que nos ánima a
aumentar el ritmo de la
marcha, de todos modos y dado
que vamos bien de tiempo,
podemos hacer pequeñas paradas
para admirar el paisaje y
contemplar un importante
porcentaje del terreno
recorrido, siendo visibles las
inconfundibles siluetas del
Cerro Alto de Yunquera y Peñón
de Enamorados, además del Tajo
de Alberca y los pinsapares
yunqueranos. El puerto de los
Lobos marca la confluencia con
el camino al área recreativa
de la Fuensanta, desde aquí
tomamos un carril que nos
llevara a nuestra ansiada
meta, El Burgo, la cual
alcanzamos a las 20,40 h,
después de haber recorrido 30
Km. Al son de unas merecidas
cervezas, brindamos por la
inolvidable jornada vivida y
nos conjuramos para repetir
otras experiencias; siempre en
las montañas, en nuestras
querida montañas.