1. Nombre o nombres
Cancha de Almola. Cancha de Armola. Sierra
Almola (1.412 m) en Ceballos y Vicioso.
2.
Localización administrativa
Término municipal de Cartajima.
3. Localización a partir de un locus
de referencia
A unos 7 km al S cuarto SE de la ciudad de
Ronda.
4. Topografía
Entre el torcal de los Riscos de Cartajima,
al O, del que lo separa un muy definido paso de montaña (en el que
nace el arroyo de Bolones, perteneciente a la cuenca del Genal) que comunica
el alto valle del Genal con la planicie de Ronda, y la sierra del Oreganal
al E. El arroyo de Bolones la separa no sólo de los Riscos de Cartajima,
sino también del sumamente conspicuo cerro Malhacer (1.154 m), al
SO, acusadamente cónico, y del cerro Gordo, ya al S de la carretera
Parauta-Cartajima.
Por el N vierte sus aguas al Guadalevín
o Río Grande de Ronda por diversos arroyos.
5. Motivación
(paisaje, geología, vegetación, fauna, historia, obras humanas
antiguas y modernas, caminos antiguos y modernos, alrededores, anécdotas...).
Posición estratégica
para la observación de la meseta de Ronda, del valle del Genal y
de la sierra de las Nieves.
Testimonio de la brutal deforestación
de la provincia, de la que quedan como testigos las grandes encinas rupícolas
de algunos cortados (cf. Cevallos y Vicioso, pag. 29).
Impresionantes tajos de la
parte occidental del macizo (160 m verticales) que, durante la excursión,
se pueden contemplar desde abajo y desde lo alto.
Parajes bellos en su misma
desolación y muy poco frecuentado (no se perciben el paso destructor
de los amantes de la naturaleza).
6. Vértices geodésicos
El más próximo es Jarastepar
(1.425 m), 3.500 m al OSO.
7. Mapas
Hojas 15-44 (1051) Ronda y 15-45 (1065) Marbella
del Mapa Militar de España E. 1:50.000.
Hoja (1051) 1-4 del Mapa Topográfico
de Andalucía E. 1:10.000.
8. Aproximación: carreteras, pistas
Circulando de San Pedro de Alcántara
a Ronda por la carretera A-376 y entre el PK 134 y el PK 133, en las inmediaciones
de una gasolinera, tomamos una desviación hacia el O señalada
con el letrero Parauta-Cartajima-Juzcar (carretera local MA-525). Enseguida
encontramos una nueva desviación a Parauta, que ignoramos. Rodando
camino de Cartajima llegamos hasta el PK 2, en cuyas inmediaciones la carretera
presenta un ensanchamiento que permite el estacionamiento de varios coches;
hay un cartel con el letrero zona de campeo de perros de caza. Aquí
dejamos el vehículo.
9. Eventual refrigerio
PK 135 de la A-376: El Navasillo.
PK 129 de la A-376: Mesón
Rondeño.
10. Altura y forma
1.409 m en el extremo SO del monte.
Parte alta amesetada, inclinada al N, de forma
aproximadamente rectangular, con un eje ENE-OSO de unos 1.000 m y una anchura
de unos 500 m, con varias dolinas bastante bien definidas en medio de un
lapiaz acuchillado que, en algunos lugares hace penoso el caminar.
11. Desnivel: 455
m.
12. Distancia geográfica
1.100 m (distancia topográfica: 1.190
m).
13. Distancia para el caminante
3,3 km.
14. Pendiente teórica
41 % (ángulo: 22º
30´).
15. Pendiente para el caminante
13 %.
16. Tiempo de ascenso y de descenso
Ascenso 1 h 40 min.; descenso
1 h 15 min.
17. Itinerario organizado en hitos
Caminando por la carretera
hacia el O (hacia Cartajima) y a unos 400 m de donde hemos dejado el coche
descubrimos en la pared rocosa de nuestra derecha una colada calcárea,
como resultado de haber quedado al descubierto, al hacer la carretera,
una cavidad de la roca caliza.
A unos 60-70 m de la colada de calcita nos
encontramos frente a un roquedo con aspecto de torcal en el que destacan
un par de higueras rupícolas. Aquí la carretera presenta
una curva pronunciada a la izquierda y junto a ella la arqueta de un conducto
que permite el paso del agua de escorrentía bajo ella. Veremos a
nuestra derecha un cartel de chapa con la leyenda coto privado de caza.
En este punto abandonamos el asfalto e iniciamos el ascenso por la margen
izquierda de la vaguadilla (derecha según el sentido de nuestra
marcha). En el matorral Ulex parviflorus, Retama sphaerocarpa, Mercurialis
tomentosa, Chamaepeuce hispanica, Phlomis purpurea, Stipa tenacissima,
Daphne gnidium.
A los pocos metros pasamos
bajo los cables del tendido telefónico, del que, por cierto, se
ha desprendido uno que cuelga casi a ras del suelo.
Junto a la vaguadilla quedan
restos de muretes de una mampostería muy grosera. El herbazal, en
el que abundan los cardos, está reseco, después del tórrido
verano, y precisamente toda esta hierba seca hace más conspicuos
los capítulos morados de Atractylis gummifera, en plena floración;
también florecen Lactuca perennis y Daphne gnidium. Rhamnus myrtifolius
se aferra a las piedras allí donde ha conseguido medrar. En algunos
puntos emergen del suelo las partes superiores de los bulbos de Urginea
maritima, que empieza a florecer.
Conforme subimos va imponiendo
cada vez más su presencia, a nuestra izquierda, el muy cónico
cerro Malhacer, de 1.150 m.
Frente a nosostros, que subimos
hacia el NE, se elevan unos peñones en los que crecen añosos
ejemplares de encina y de hiedra. Nosotros los dejamos a nuestra derecha
y marchamos hacia el N, en paralelo a la pared rocosa, para encontrarnos
enseguida caminando por la pista que se inicia en la carretera al S del
cerro Malhacer, a unos pocos cientos de metros.
Tenemos frente a nosostros
una pared vertical de más de 100 m. Cuando llegamos allí
donde la pista que seguimos se pierde entre el pastizal, si dirigimos la
vista a nuestra derecha, hacia el roquedo que prolonga hacia el S el formidable
tajo, divisaremos dos entalladuras separadas por una eminencia rocosa.
Salvaremos el roquedo por la entalladura más septentrional, dejando
a nuestra espalda el cerro Malhacer, los Riscos de Cartajima y el macizo
de Jarastepar. Caminamos por un pastizal, que se va convirtiendo en aulagar,
en el que abundan los majanos.
Al llegar a la entalladura
encontramos la habitual alambrada, que en este caso será leve obstáculo,
junto a la que hay dos carteles con la leyenda coto privado de caza, uno
mirando al O, y otro al E. Salvado el obstáculo descendemos por
un camino de cabras a un llano herboso y, desde él, iniciamos el
ascenso hacia el N.
Salvados los primeros repechos
caminado por cuestas terrizas y zonas aterrazadas, eludiendo los majanos
y las gleras, descubrimos frente a nosotros una cueva en un cortado rocoso,
a mano izquierda y, sobre ella, una encina rupícola; la cueva tiene
20-30 m de profundidad, unos 10 m en su parte más ancha y 5 m de
altura; la espesa capa de excrementos de ganado (varios decímetros)
denuncia su carácter de refugio para las cabras y ovejas que hemos
podido ver en algunos momentos de nuestra ascensión.
Seguimos ascendiendo teniendo
siempre a nuestra derecha cortados rocosos en los que destacan las encinas
y las hiedras. El herbazal está compuesto aquí por numerosas
especies de cardos, todos ya con su parte aérea muerta, y las únicas
especies frutescentes son algunos ejemplares desmedrados de Thymus mastichina,
Phlomis purpurea y Ulex parviflorus. Caminamos entre gleras y majanos y,
por primera vez en nuestras caminatas por estos parajes, encontramos en
el suelo un fragmento de fósil con aspecto de Ammonoiseo.
En las parte alta de la cuesta
terriza, bajo los peñascales, se conserva un matorral relativamente
denso de aulagas y allí termina el acantilado que nos ha ido acompañando
a nuestra derecha y una senda bien marcada nos permite salvarlo marchando
hacia el E.
Seguimos esta senda unos
pocos metros y, precisamente un poco antes de que inicie un acusado descenso,
si dirigimos nuestra mirada al N, hacia arriba, distinguimos el camino
que sigue el ganado hasta la cumbre por el terreno evidentemente removido
y la piedra caliza manchada de ocre por las pezuñas; seguimos este
camino, pasamos una entalladura bien definida del roquedo y nos encontramos
en un llanete cubierto de un herbazal. Estamos ya en la meseta de la cumbre.
Ahora, para alcanzar el punto
más alto tenemos que dirigirnos hacia el O (a nuestra izquierda,
por un lapiaz en la que la vegetación predominante está formada
por los pulvínulos de Ptilotrichum spinosum, Phlomis crinita y la
cañaheja.
La cumbre está marcada
por un hito de groseros mampuestos. En sus inmediaciones podemos asomarnos
a los acantilados que se asoman al puerto que nos separa ahora del macizo
de Jarastepar.
Regresamos por el mismo camino.
Hitos propuestos: aparcamiento,
arqueta de la alcantarilla, carril terrizo que se pierde en el pastizal,
entalladura con dos carteles de coto privado de caza, cueva, aulagar en
lo alto de las cuestas terrizas, senda que se dirige al E, llanete con
herbazal al alcanzar la meseta alta, cumbre.
18. Lo que se divisa desde
la cumbre (S, O, N, E)
Los Reales, loma de Jardón,
valle del Genal con Parauta, los tejados de Igualeja, Pujerra y Cartajima
y, más al E, Algatocín y Benarrabá, las montañas
gaditanas que avanzan hacia la punta de Tarifa y, sobre las nubes, algunas
montañas de Marruecos, la meseta de Jarastepar, estribaciones más
septentrionales de la sierra de Libar (sensu amplio), el macizo de Grazalema,
Montejaque, la meseta de Acinipo, las sierras de vecinas de Cádiz
(Olvera, Setenil), sierra de la Hidalga, Sierra de las Nieves, con Enamorados,
las tres cañadas que suben desde la zona de Quejigales, la Torrecilla,
la nava de San Luis, al pie del Alcojona, cubierta de bosques, Cascajares,
que enlaza con sierra Palmitera, y sierra Bermeja, que culmina en los Reales,
con los que comenzamos.
19.
Fechas de subida
17 de septiembre del 2.000. Pepe Mayorga,
José Antonio Ruiz Heredia y Luis Sarasola.
20. Geología
La sierra Almola es un peñón
de calizas jurásicas rodeado de “capas rojas” del Cretáceo
superior.
21. Vegetación
Lo más interesante
es el matorral de Ptilotrichum spinosum con cañaheja y Phlomis crinita
de las zonas cacuminales.
22. Fauna
Un conejo, cabras domésticas
y una rapaz que desapareció antes de que pudiéramos sacar
los prismáticos. Extrañamente las chovas piquirrojas no dieron
señales de vida.
23. Opciones alternativas en las proximidades
Jarastepar y Riscos de Cartajima.
24. Connotaciones sexuales
ADDENDA
Queridos amigos: Continuando mi esforzada
empresa de completar algunos de los itinerarios que había redactado
antes de que Ernesto, nuestro padre, nos hiciera su atinada, como no podía
ser menos, sugerencia sobre la conveniencia, y aún necesidad imperiosa
(diría yo), de incluir las connotaciones sexuales de nuestros paseos,
paso ahora a redactar el punto 24 de excursión a la Cancha de Almola.
Sugiero que cortéis y peguéis.
En
estas primeras excursiones (Cancha de Almola, Cerro del Águila de
sierra Alpujata...) pudimos disfrutar de la presencia de la segunda generación
de diversas especies de lepidópteros. Yo sólo soy capaz de
identificar en el campo las especies Papilio machaon3 y Papilio podalirius3
(Iphiclides podalirius L.), pero Juan Carlos nos llamó la atención
sobre varias otras y las puso así, de alguna manera, en la primera
plana de nuestra atención (al menos de la mía).
Y ahora os pregunto: ¿en qué
se puede pensar al ver una mariposa de grandes alas en el campo? No dudo
de que vuestra respuesta coincide con la mía: en la vulva, pero,
¡atención!, no en cualquier vulva, sino en la vulva de la
mujeres hotentotas, tal y como se nos ofrece a la vista en la postura de
máxima abertura de piernas (cf. foto adjunta).
Contra lo que se pueda pensar los hotentotes
no son negros, no pertenecen al grupo de las razas negras o melánidas,
sino, más bien, al de las llamadas razas primitivas, junto con los
aborígenes australianos, los pigmeos y los veddas de Ceilán.
De hecho los hotentotes se incluyen, junto
con los bosquimanos, en la denominada raza khoisan (de khoikhoi -nombre
aborigen de las gentes que fueron llamadas hotentotes por los holandeses-
y san -denominación propia de los bosquimanos, del holandés
boschjesman u hombre del bosque), pero podemos dejar de momento a los bosquimanos
del Kalahari, que parecen ser el tipo original de la raza y los habitantes
conocidos más antiguos de África, y centrémonos en
los khoikhoi u hotentotes , de la región de El Cabo y del río
Orange. Estas gentes han sido objeto de especial atención por parte
de los antropólogos físicos, ya que fueron las primeras personas
de esta raza que cayeron en manos de los europeos, y porque a causa de
ciertos caracteres anatómicos y fisiológicos, sobre todo
la distribución de los grupos sanguíneos, recuerdan al grupo
de razas amarillas o xantodermas, por lo que hay quienes los consideran
como el vestigio de una antigua población mongoloide de África.
Entre los rasgos anatómicos que se consideraron
propios de esta raza están la esteatopigia, o adiposis exagerada
de las nalgas, y la longuininfia (delantal) o hipertrofia de las ninfas
o labios menores de la vulva.
¡Cómo me gustaría poder
extenderme sobre temas tan apasionantes como la esteatopigia o la organización
social de los khoisan! Pero la obligación manda y es la vulva, inmisericorde,
la que reclama ahora mi atención.
He
aquí las palabras de Cuvier: Los labios mayores, poco pronunciados,
interceptan un óvalo de 4,5 a 5 pulgadas de longitud; del ángulo
superior desciende entre ellos una prominencia semicilíndrica de
aproximadamente media pulgada de espesor, cuya extremidad inferior se ensancha,
se bifurca y se prolonga en dos pétalos carnosos (así dice
Cuvier, pero yo prefiero ahora pensar en dos alas) arrugados, de 2 a 2,5
pulgadas de longitud por 1 a 1,5 de anchura. Cada uno de ellos es romo
en el extremo; su base se ensancha y desciende a lo largo del borde interno
del labio mayor de su lado, y se transforma en una cresta carnosa que termina
en el ángulo inferior del labio mayor. Si se levantan esos apéndices,
forman juntos una figura de corazón cuyos lóbulos son estrechos
y largos y cuya parte media la ocuparía la abertura de la vulva.
Hasta aquí Cuvier.
En nuestros días se sabe que esta disposición,
considerada como una característica racial durante mucho tiempo,
ni es congénita ni es específica.
Las dudas aparecieron cuando algunos investigadores
dieron cuenta de los siguientes hechos.
1o. Dickinson midió ninfas de 7 a 9
cm en mujeres blancas (frente a una media de 3 a 4 cm).
2o. Se comprobó que no todas las mujeres
hotentotas presentaban longuininfia.
Fue finalmente la antropología cultural
la que explicó el fenómeno: la longuininfia es adquirida
por manipulación repetida de las ninfas:
1o. Las muchachas mayores someten a las más
jóvenes a estiramientos y tracciones de sus labios menores.
2o.
Lo mismo hacen entre sí las adultas, cosa que se considera como
un gesto de elemental cortesía.
3o. Los hombres adultos participan, mediante
maniobras digitales y bucales, en el desarrollo de las ninfas y del capuchón
del clítoris.
4o. En algunas ocasiones, si se considera necesario,
se sujetan pesos a los labios menores para estimular su dilatación.
5o. Sólo las hotentotas olvidadas tienen
las ninfas normales. En efecto, para gustar, una muchacha hotentota debe
tener un delantal muy desarrollado; tirar de los labios menores de una
amiga es, pues, una deferencia comparable a las atenciones de peinado o
de maquillaje que practican entre sí las mujeres civilizadas.
Y
es este quinto y último punto el que más me interesa destacar.
Los pueblos que han crecido en las religiones del libro1 (judíos,
cristianos y musulmanes) comparten el tabú ante el contenido de
la hendidura vulvar. El clítoris y los labios menores son órganos
repugnantes, y hasta culpables.
Algunos musulmanes1 llegan al extremo de destruir
esas partes que les turban por la escisión, a veces agravada por
la infibulación2.
Entre los europeos el tabú se manifiesta
como un tabú estético. El clítoris y las ninfas no
se representan en el arte occidental hasta la gran revolución sexual
moderna, excepto en la representaciones específicamente eróticas,
como os muestro con las ilustraciones adjuntas.
No quisiera privaros de las bellas imágenes
con las que mi favorito, Gustav Kimt, rompe el tabú a principios
del siglo XX.
NOTA 1. Sería injusto por mi parte si
no reconociera aquí que esta actitud era compartida por muchos pueblos
fetichistas africanos antes de tomar contacto con el cristianismo o el
islam.
NOTA 2. Operación destinada a impedir
el coito. consistente en la introducción de un ancho anillo entre
los grandes labios de la mujer.
NOTA
3. Apolodoro y Filóstrato nos cuentan que cuando el sufriente Filoctetes,
obedeciendo a la voz de Heracles (ya divinizado), accedió a acompañar
a Odiseo y Diomedes a Troya con su famoso arco, para que así se
cumpliera la profecía de Calcante, los griegos, a su llegada al
campamento, lo bañaron con agua dulce y dejaron que durmiera en
el
templo de Apolo, y, mientras dormía, el cirujano Macaón le
cortó de la herida la carne podrida, vertió en ella vino
y le aplicó hierbas curativas y la piedra serpentina; pero algunos
dicen que Podalirio, el médico hermano de Macaón, se encargó
de la curación.
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